Viralicemos las buenas acciones

Vivimos en una época donde la información circula sin descanso, pero no siempre con equilibrio. Los medios de comunicación, y muchas veces nosotros mismos, amplificamos tragedias, guerras, asesinatos y conflictos hasta saturar la mente y agotar el espíritu.

El impacto ya no es solo informativo: es emocional, psicológico y espiritual. Estamos sobreexpuestos al dolor del mundo. El alma colectiva pide una pausa. Pide aire fresco.

No se trata de negar la realidad ni de silenciar las injusticias. El problema surge cuando el relato se vuelve incompleto, cuando solo lo negativo ocupa el centro y la bondad queda relegada al silencio. Porque mientras las malas noticias se vuelven virales, las buenas acciones siguen ocurriendo, aquí y en todo el mundo, aunque no siempre hagan ruido.

Mary Pérez de Marranzini dedicó su vida a dignificar a personas con discapacidad cuando aún eran invisibles para muchos. Fundó la Asociación Dominicana de Rehabilitación y, con ella, sembró una cultura de respeto, servicio y humanidad que sigue transformando miles de vidas. Su historia nos recuerda que una sola persona, sostenida por la convicción de amar, puede cambiar un país.

Esa misma fuerza se manifiesta más allá de nuestras fronteras. En India, Sindhutai Sapkal, conocida como la madre de los huérfanos, entregó su vida a rescatar y educar a miles de niños abandonados.

En Italia, el médico Gino Strada, fundador de Emergency, llevó atención médica gratuita a víctimas de guerra en algunos de los lugares más golpeados del planeta, convencido de que la vida humana no tiene banderas.

En Estados Unidos, Bryan Stevenson devolvió la libertad a decenas de personas condenadas injustamente, demostrando que la justicia también puede ser una forma elevada de compasión.

En Pakistán, Abdul Sattar Edhi construyó, desde la austeridad más absoluta, la red de ayuda social más grande de su país: ambulancias, orfanatos, refugios y atención a los olvidados.

En Australia, James Harrison donó plasma durante más de seis décadas, salvando a millones de bebés. En la República Democrática del Congo, el doctor Denis Mukwege ha dedicado su vida a sanar a mujeres víctimas de la violencia más cruel, devolviéndoles no solo salud, sino dignidad.

Pero la bondad no habita únicamente en nombres que aparecen en libros, premios o titulares internacionales. También vive, y con fuerza, en la gente común, en el ciudadano de a pie que, sin saberlo, sostiene el mundo todos los días.

Está en el vecino que comparte un plato de comida con quien lo necesita.

En quien escucha a un desconocido cuando nadie más tiene tiempo.

En quien dona para levantar la casita de una señora golpeada por la vida.

En quien paga una deuda ajena en silencio.

En quien ofrece un abrazo oportuno.

En quien perdona, aun cuando tenía razones para endurecer el corazón.

Esos gestos no suelen viralizarse, pero mantienen viva la humanidad.

Estas historias, las grandes y las pequeñas, no niegan la existencia del mal. La enfrentan con algo más poderoso: la decisión consciente de hacer el bien. Nos recuerdan que el mundo no está definido solo por su violencia, sino también por su capacidad de cuidar, acompañar, reparar y amar.

Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea consumir menos noticias, sino elegir mejor cuáles amplificamos. Porque lo que viralizamos también educa, forma conciencia y moldea la manera en que miramos la vida.