x
Síguenos
Denuncias aquí (809) 762-5555

LA VENTANA DE OVERTON

El costo de perder la brújula moral

Jenny Henríquez
Jenny Henríquez
19 junio, 2026 - 1:32 PM
9 minutos de lectura

No me preocupa que la sociedad cambie. Los pueblos siempre han cambiado, las culturas evolucionan y cada generación deja su propia huella sobre el mundo que recibe. Lo que sí me preocupa es la velocidad con la que estamos aprendiendo a llamar normal a casi cualquier cosa, sin detenernos a preguntarnos qué estamos aceptando realmente y cuáles serán las consecuencias de hacerlo.

Existe una teoría conocida como la Ventana de Overton que ayuda a comprender este fenómeno. Desarrollada por Joseph Overton en la década de 1990, plantea que las ideas no suelen imponerse de manera abrupta; más bien, avanzan gradualmente desde lo impensable hasta lo aceptable. Lo que en un momento resulta escandaloso o moralmente inaceptable puede, con el tiempo y mediante un cambio constante de narrativa, terminar siendo visto como algo común e incluso deseable.

Lo inquietante es que muchas veces ese desplazamiento ocurre sin que apenas lo percibamos. Las palabras cambian, los conceptos se suavizan y los cuestionamientos desaparecen. No porque necesariamente hayamos reflexionado más sobre ellos, sino porque nos hemos acostumbrado a convivir con determinadas prácticas hasta perder la capacidad de sorprendernos.

La normalidad de hoy fue el escándalo de ayer. Y el escándalo de mañana ya se está ensayando hoy, en silencio, frente a nuestros ojos.

Pensemos en algo que ya no nos sorprende, aunque debería. En lo que va de este 2026 ha circulado en redes más de un caso de equipos médicos que, en plena intervención quirúrgica, graban bailes y videos para TikTok mientras el paciente permanece anestesiado en la camilla. En uno de los más comentados, la persona quedó con daño cerebral irreversible mientras, según la información difundida, el personal coreografiaba tendencias musicales dentro del quirófano. No hace falta que el caso haya ocurrido exactamente en nuestro país para que nos toque: el mismo teléfono inteligente, la misma necesidad de validación, el mismo quirófano convertido en set, son una tentación que ya circula en nuestros hospitales y clínicas. Hace pocos años, un médico bailando frente a un paciente sedado habría sido motivo automático de sanción y escándalo ético. Hoy, mientras no haya tragedia de por medio, se consume como contenido más. La pregunta no es si ese personal merece momentos de humanidad y desahogo en jornadas extenuantes, que lo merece. La pregunta es en qué momento decidimos que la cámara pesa más que el bisturí.

Veo este fenómeno en múltiples aspectos de la vida contemporánea, y aquí, en República Dominicana, lo tenemos documentado con nombre y apellido. A inicios de 2023 una maestra dominicana, de apenas 27 años, fue separada de su cargo y puesta bajo investigación por el Ministerio de Educación después de subir, a su cuenta de OnlyFans, una fotografía junto a un grupo de sus propios estudiantes adolescentes. El caso no fue anécdota aislada: hoy existe toda una industria de creadoras dominicanas que monetizan contenido íntimo en esa plataforma, promocionadas en artículos, listas y grupos de difusión como si se tratara de cualquier otro emprendimiento digital. Lo que antes habría sido motivo de vínculo familiar roto o señalamiento comunitario, hoy convive con total naturalidad junto a las fotos del cumpleaños de los sobrinos en el mismo feed. La exposición extrema de la intimidad ya no provoca incomodidad, sino aspiración: hay adolescentes dominicanos que hoy sueñan con ser “creadores de contenido” antes que médicos, ingenieros o maestros, porque han visto que enseñar la vida privada rinde más, y más rápido, que construirla.

Y no se trata solo de adultos que disponen de su propia imagen, lo cual es decisión suya. En marzo de este mismo año una creadora de contenido dominicana fue detenida después de que miles de seguidores presenciaran, en una transmisión en vivo, cómo agredía física y verbalmente a su propio bebé frente a la cámara. Lo que debería horrorizarnos como sociedad, primero ocurrió como espectáculo en vivo, y solo después, gracias a la indignación colectiva, se convirtió en caso judicial. Si la justicia llegó fue porque miles de personas estaban mirando; cabe preguntarse cuántas situaciones similares ocurren hoy sin testigos digitales, normalizadas puertas adentro precisamente porque ya nos hemos acostumbrado a que el live lo aguanta todo.

Conductas que durante décadas fueron objeto de debate moral hoy se presentan bajo etiquetas mucho más atractivas, revestidas de discursos sobre libertad, autonomía o empoderamiento. Y conste que no juzgo a quien decide monetizar su imagen como adulto libre; juzgo la velocidad con la que, como sociedad, dejamos de preguntarnos qué perdemos cuando el cuerpo, el cuidado médico o hasta la crianza se convierten en contenido antes que en responsabilidad.

Aclaro algo importante: no sostengo que todo cambio sea negativo. Tampoco propongo una defensa ciega del pasado. La historia demuestra que muchas transformaciones sociales han sido necesarias y justas: el voto femenino, la abolición de la esclavitud, el reconocimiento de derechos laborales, fueron en su momento “impensables” dentro de la misma Ventana de Overton, y hoy nadie discute su justicia. Sin embargo, también creo que una sociedad madura no es aquella que acepta todo sin reservas, sino aquella que conserva la capacidad de examinar críticamente aquello que se le presenta como progreso. No toda novedad es avance, así como no todo lo antiguo es sabiduría.

Mi preocupación surge cuando la aceptación social se convierte en el único criterio para determinar lo correcto. Cuando una conducta deja de cuestionarse simplemente porque se ha vuelto popular, el riesgo no es únicamente cultural; es también moral. Porque la popularidad no siempre equivale a la verdad, y la normalización no siempre es sinónimo de avance. Lo vimos con la viralización de retos peligrosos en redes sociales que han costado vidas de menores de edad: la masividad del fenómeno no lo volvió inofensivo, solo lo volvió difícil de frenar.

Hoy pareciera existir una presión creciente para validar cualquier comportamiento bajo el argumento de la libertad individual. Pero toda libertad necesita referencias éticas que la orienten. De lo contrario, terminamos confundiendo tolerancia con indiferencia y respeto con renuncia al juicio crítico. Ser tolerante no es aplaudir todo lo que veo; es poder convivir con lo que no comparto sin dejar de pensarlo.

La Ventana de Overton no nos dice qué es bueno o malo. Simplemente nos muestra cómo cambian los límites de lo socialmente aceptable. La responsabilidad de evaluar esos cambios sigue siendo nuestra, y delegársela al algoritmo, al aplauso digital o a la tendencia del momento es la forma más cómoda de renunciar a ella.

Por eso considero que el verdadero desafío de nuestro tiempo no consiste en resistirse a toda transformación, sino en conservar la lucidez suficiente para preguntarnos qué estamos normalizando y por qué. Una sociedad que deja de cuestionar corre el riesgo de perder algo más valioso que sus tradiciones: pierde su capacidad de discernimiento.

Y cuando todo parece válido, cuando nada merece discusión y cualquier objeción es interpretada como intolerancia, tal vez haya llegado el momento de preguntarnos si realmente estamos ampliando nuestra comprensión del mundo o simplemente estamos aprendiendo a llamar normal a todo aquello que hemos dejado de cuestionar.

Porque una sociedad puede sobrevivir a la incertidumbre. Lo que difícilmente puede permitirse perder es su brújula moral.

¿Estamos construyendo una sociedad más libre y consciente, o una sociedad cada vez más dispuesta a aceptar cualquier cosa con tal de no incomodar las corrientes dominantes?

Más Vistas