
Resulta difícil la lectura política y diplomática del trumpismo. El análisis de una medida disruptiva tropieza en horas al ser rectificada la decisión. El mundo pende de un repentino cambio emocional ante la portada de un diario o los titulares del noticiario. Incertidumbre absoluta.
Los principales funcionarios de Trump han asumido su estilo agresivo en el lenguaje, mientras otros tragan en seco y se apresuran a dar forma, hacer los ajustes de sus repentinas iniciativas y cambios de último minuto. Claro, que hay comportamientos teatrales y fuegos de artificios como elementos de distracción.
El contagio del estilo del atípico presidente agrega preocupaciones sobre la gestión de gobierno en el ámbito nacional y sobre todo en el manejo de los intereses externos. Funcionarios y equipos técnicos asentados en el exterior, al intentar interpretar el caos de Washington podrían provocar reacciones críticas ante el calado de decisiones que se interpretarían insuficientemente ponderadas.
La embajadora de los Estados Unidos en el país, Leah Francis Campos, muy bien recibida desde que pisó suelo dominicano. En menos de cuatro meses ha tenido puntuales encuentros con representantes oficiales, empresariales, sociales y políticos.
Una inusual decisión llamó la atención a nivel local e internacional y desató un mar de especulaciones cuando la embajadora, el 12 de febrero último, evidentemente indignada, anunció el cierre de la oficina de la DEA en el país “hasta nuevo aviso” por un tema de corrupción.
“Es una violación repugnante y deshonrada de la confianza pública usar el cargo oficial para beneficio propio. No toleraré ni siquiera la percepción de corrupción en ninguna parte de esta embajada”, rezaba un segmento del texto, redactado en primera persona.
El impacto (pensé era fake news) fue descomunal. La cancillería dominicana reaccionó en minutos, ante la ola de rumores que intentaba involucrar al gobierno. Logró que la misma legación estadounidense aclaraba que era un tema interno. Una fiscal federal explicó posteriormente la acusación y cargos contra el exjefe de la DEA en RD, Melitón Cordero.
Se entiende que Campos quería marcar distancia y establecer su sello en la gestión recién iniciada, después de la ausencia de representación de más de 4 años, pero ya en frío luce desproporcionada la medida de cierre de una agencia con directrices desde Virginia, aunque con asiento en la embajada, con la que coordina acciones. “Se me van” pareció el grito de indignación, aunque la cooperación no cesara, como evidenció la captura de drogas en días posteriores.
Las visitas de la embajadora a funcionarios locales vinculados al comercio y a la persecución del crimen, así como a empresarios y entidades empresariales de gran peso local se entienden, no así lo acontecido en el ámbito político.
En la diplomacia convencional estadounidense, predominio del establecimiento, se habría apreciado directamente la validación electoral del expresidente Leonel Fernández, cuando la embajadora acudió a la Fundación Global a intercambiar “impresiones sobre la situación de la República Dominicana, fortalecimiento de la democracia, seguridad…” y sobre “las relaciones bilaterales” de RD y USA. Posteriormente acudió al Congreso Nacional, sin pasar por las presidencias de las cámaras, directamente al despacho del senador Omar Fernández, vocero de la Fuerza del Pueblo, e hijo del exmandatario. Ningún otro político ha sido visitado.
Todo esto en momentos en que Abinader apoya decisiones geopolíticas de Trump, algunas muy incómodas en aspectos de soberanía y otras que generan conflictos con vecinos. Autoridades de los dos países tildan de excelentes las relaciones y afirman que están en su mejor momento.
¿Qué pasa, realmente? ¿Novatadas o señales confusas, propias del estilo del actual inquilino de la Casa Blanca?
(Excúsenme los entusiasmados fuercistas).