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Una sociedad que se explota con entusiasmo

Han afirma que hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento, donde el mandato ya no es “debes”, sino “puedes”. En sus palabras, “el sujeto del rendimiento se explota a sí mismo creyendo que se realiza”

Jenny Henríquez
Jenny Henríquez
4 marzo, 2026 - 2:32 PM
5 minutos de lectura

Recientemente estuve leyendo La sociedad del cansancio y me descubrí identificándome con varias de las ideas que plantea su autor, Byung-Chul Han.

No con una sola, sino con ese diagnóstico general que atraviesa el libro y que describe con precisión inquietante nuestra forma de vivir: una sociedad que ya no oprime desde fuera, sino que empuja desde dentro, hasta el agotamiento.

Han afirma que hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una sociedad del rendimiento, donde el mandato ya no es “debes”, sino “puedes”. En sus palabras, “el sujeto del rendimiento se explota a sí mismo creyendo que se realiza”.

Esta es, quizá, una de las ideas más perturbadoras del libro: la explotación ya no se percibe como violencia, sino como libertad.

Ya no hay un amo visible. No hay una figura externa que obligue. El individuo se convierte en empresario de sí mismo, responsable absoluto de su éxito, de su productividad y también de su fracaso. Y en ese esquema, señala Han, “la autoexplotación es mucho más eficaz que la explotación ajena”, porque va acompañada de motivación, entusiasmo y una falsa sensación de autonomía.

El resultado de esta lógica no es la rebelión, sino el cansancio. Un cansancio profundo que, según el autor, define las patologías de nuestra época: “la depresión, el burnout, el TDAH y los trastornos de ansiedad no son enfermedades infecciosas, sino infartos del alma”. No surgen por exceso de prohibición, sino por exceso de positividad.

Vivimos convencidos de que todo es posible, de que siempre se puede más, de que el límite es una excusa. Y cuando el cuerpo o la mente no resisten, la culpa recae sobre el individuo.

Si no llegas, es porque no te esforzaste lo suficiente. Si estás cansado, es porque no sabes organizarte. Así, el agotamiento se privatiza y el sistema queda intacto.

Otra idea central del libro, y profundamente actual, es la pérdida de la capacidad contemplativa. Han advierte que vivimos en una cultura de la hiperactividad, donde “la multitarea no es un progreso de la civilización, sino un retroceso”.

Saltamos de estímulo en estímulo, de pantalla en pantalla, creyendo que somos más eficientes, cuando en realidad somos más dispersos y más fatigados.

Este exceso de estímulos no genera profundidad, sino saturación. “La atención profunda”, escribe Han, “cede paso a una atención dispersa que no descansa”. Ya no sabemos demorarnos, ni mirar con calma, ni habitar el silencio sin sentir incomodidad. El tiempo libre también debe producir algo; de lo contrario, se vive como pérdida.

En este contexto, el cansancio deja de ser físico y se vuelve existencial. Dormimos, pero no descansamos. Pausamos, pero no reparamos. Porque, como advierte el autor, “el cansancio del yo es más devastador que el cansancio del cuerpo”. Es un agotamiento que nace de tener que sostener, permanentemente, la idea de que podemos con todo.

Frente a esta realidad, Han no propone una solución rápida ni optimista. Más bien, invita a recuperar el valor de la negatividad, del límite, de la pausa. A entender que no todo debe ser productivo, visible o rentable. Que el silencio, el aburrimiento y el descanso no son fallas del sistema, sino condiciones necesarias para una vida verdaderamente humana.

Quizá, entonces, el gesto más radical hoy no sea rendir más, sino aprender a detenerse. Porque una sociedad que se explota con entusiasmo termina celebrando su propio agotamiento. Y una humanidad exhausta difícilmente puede pensar, cuidar o amar con profundidad.

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