¿Un año mejor sin ser mejores?

Enero llega puntual, como siempre, cargado de buenos deseos. “Que este sea un año mejor”, repiten muchos con una convicción admirable, aunque sin la menor intención de mejorar ellos mismos. Porque, seamos honestos, hay personas que quieren un año bueno, próspero y bendecido… sin revisar su manera de tratar a los demás.

Quieren paz, pero viven en conflicto.

Quieren abundancia, pero practican la mezquindad.

Quieren armonía, pero siembran chisme.

Quieren bendición, pero no bendicen a nadie.

Eso sí, el año tiene que ser bueno. Por decreto.

Resulta curioso, y un poco irónico, cómo se espera que el calendario haga el trabajo que la conciencia no quiere asumir. Cambia el número, se encienden velas, se publican frases profundas, pero la indiferencia sigue intacta. En la familia, donde se habla poco y se juzga mucho.

En la escuela, donde a veces se educa más con gritos que con ejemplo. En el trabajo, donde la competencia aplasta la empatía. Entre amigos, donde el chisme se disfraza de “preocupación”. Entre vecinos, donde se convive sin mirarse.

Todos quieren bienestar emocional, pero pocos están dispuestos a ofrecerlo. Porque el bienestar no nace de lo que se tiene, sino de cómo se trata. Y tratar bien cansa. Escuchar incomoda. Callar cuando se puede herir exige madurez. Es más fácil pedir un año mejor que ser una mejor persona.

Hay quienes hablan de unión familiar mientras convierten la mesa en tribunal. Otros piden prosperidad, pero viven comparándose. Algunos claman por paz interior, pero no descansan hasta destruir la reputación ajena. Y aun así, esperan que Dios bendiga el año… como si Dios trabajara por temporadas y no por coherencias.

La fe, por cierto, no parece estar de moda cuando incomoda. Se invoca a Dios para recibir, pero no para corregirse. Se le menciona en enero, pero se le ignora en la forma de hablar, de mirar, de convivir. “Por sus frutos los conocerán” (Mt 7,16). No por sus publicaciones, ni por sus deseos, ni por sus rituales de inicio de año.

Los bienes materiales, claro que importan. Nadie vive del aire ni de buenas intenciones. Pero creer que tener más resolverá lo que falta por dentro es una ilusión bastante costosa. Se puede tener casa, empleo, reconocimiento… y seguir siendo una mala compañía. Porque sin Dios – y sin humanidad – nada termina de servir.

Tal vez este año no necesita más propósitos, sino más vergüenza moral. Menos frases bonitas y más responsabilidad afectiva. Menos exigir al mundo y más revisarse a uno mismo. Porque el problema no es que el año sea difícil; el problema es entrar en él siendo la misma persona dura, indiferente y poco empática de siempre.

Así que sí, ojalá el año sea bueno.

Pero mejor aún sería que nosotros dejáramos de ser el problema.

Lo demás, si llega, será añadidura.