El turismo dominicano es, desde hace décadas, uno de los pilares más sólidos de la economía nacional. Su resiliencia frente a crisis internacionales y su capacidad de recuperación no están en discusión. Precisamente por eso, el sector merece análisis serio y responsable, no lecturas triunfalistas diseñadas para el aplauso coyuntural.
En las últimas semanas, el discurso oficial ha insistido en presentar el desempeño reciente del turismo como una sucesión de “logros históricos”, apoyándose en cifras récord de visitantes e ingresos. Sin embargo, cuando se examinan los datos con rigor técnico, el panorama es menos espectacular, pero mucho más revelador.
La pandemia de COVID-19 distorsionó profundamente las estadísticas entre 2020 y 2022. La caída fue artificial y la recuperación inmediata estuvo inflada por reaperturas simultáneas y demanda reprimida. Por ello, cualquier evaluación seria de políticas públicas excluye esos años para identificar tendencias estructurales reales.
Cuando se hace ese ejercicio en el caso dominicano, los resultados son claros.
Antes de la pandemia, entre 2006 y 2019, los ingresos por turismo internacional crecieron de aproximadamente US$3,900 millones a US$9,500 millones, con una tasa de crecimiento anual compuesta (CAGR) cercana al 7.1%.
Tras la normalización post-pandemia, entre 2023 y 2025, los ingresos pasaron de alrededor de US$10,000 millones a US$11,400 millones, con un CAGR de 6.8%. Es decir, prácticamente el mismo ritmo histórico.
De hecho, si se proyecta la tendencia previa a 2019 como si la pandemia no hubiera ocurrido, los ingresos de 2025 habrían rondado los US$11,000 millones, muy cerca de los valores actuales. No hay evidencia de un salto estructural; hay continuidad.
Más aún, el crecimiento de 2025 fue de apenas 1.8%, una señal clara de desaceleración y madurez del mercado, no de un boom excepcional.
Otro elemento ausente en la narrativa oficial es la contribución del turismo al PIB. Durante más de una década antes de la pandemia, esta se mantuvo estable alrededor del 16%, con variaciones mínimas.
Tras la recuperación, la participación del turismo oscila entre 15.3% y 15.8%. En otras palabras, el sector crece al mismo ritmo que la economía en su conjunto, sin ganar peso relativo. Los récords celebrados son absolutos, no estructurales.
La expansión hotelera confirma el mismo patrón. Entre 2006 y 2019, el número de habitaciones creció a un ritmo moderado de 1.6% anual. Entre 2023 y 2025, el crecimiento se aceleró hasta cerca de 5% anual, impulsado en gran medida por inversiones postergadas durante la pandemia y nuevos polos como Miches y Pedernales.
Sin embargo, al ajustar por el retraso acumulado, el crecimiento normalizado ronda el 2.3%, nuevamente alineado con la tendencia histórica. Es crecimiento real, pero no extraordinario.
A este análisis se suma un dato reciente que ha generado inquietud pública. Según información publicada por El Dinero, solo alrededor del 3% de los cruceristas que llegan a la República Dominicana descienden del barco y realizan algún consumo en el país.
Aún así, estos visitantes son incorporados íntegramente en la cifra total de “turistas” utilizada como principal indicador de éxito.
Desde el punto de vista técnico, aquí hay un problema evidente. Un turista aéreo que pernocta genera alojamiento, transporte, alimentos, excursiones y encadenamientos productivos. Un crucerista que no baja del barco genera un impacto económico cercano a cero.
Sumar ambos grupos sin distinción puede ser contablemente válido, pero es económicamente engañoso cuando se usa para evaluar desempeño, impacto o efectividad de políticas públicas.
El problema no es celebrar cifras positivas. El problema es sustituir el análisis económico por propaganda, especialmente en un contexto preelectoral. Confundir rebotes estadísticos con logros estructurales y mezclar visitantes heterogéneos como si todos aportaran lo mismo debilita la planificación y distorsiona el debate público.
El verdadero desafío del turismo dominicano no es romper récords anuales, sino romper límites estructurales: aumentar el gasto promedio por visitante, integrar más a las mipymes y comunidades locales, diversificar mercados y elevar el valor agregado sin saturar destinos.
El turismo dominicano no necesita exageraciones para sostener su prestigio. Su fortaleza histórica está demostrada en los datos de largo plazo. Precisamente por eso, el país se beneficiaría más de estadísticas claras, comparables y honestas que de narrativas triunfalistas.
Celebrar es legítimo.
Analizar con rigor es indispensable.
Y gobernar bien implica no confundir nunca una cosa con la otra.