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Sonder: donde habitan las vidas ajenas

Jenny Henríquez
Jenny Henríquez
14 abril, 2026 - 11:40 AM
6 minutos de lectura

Conocí este concepto en una conversación aparentemente trivial, de esas que se deslizan sin pretensión, pero dejan una inquietud persistente. Alguien comentaba que, cuando comenzaba a tomarse de forma personal lo que otros hacían o decían, se detenía y “hacía sonder”. En aquel momento, la palabra me resultó ajena. No comprendí su significado, pero sí percibí que encerraba algo digno de atención. Más tarde, movida por la curiosidad, la busqué. Entonces, todo adquirió sentido.

Sonder nombra una experiencia tan sutil como reveladora: la conciencia de que cada persona que nos rodea sostiene una vida tan vasta y compleja como la propia. El término fue acuñado en 2012 por John Koenig, creador del proyecto The Dictionary of Obscure Sorrows (El diccionario de las palabras oscuras), cuyo propósito es dar forma verbal a emociones que, hasta entonces, habitaban sin nombre.

Más allá de su definición, su verdadero valor reside en la práctica que propone: una pausa deliberada antes de reaccionar, un gesto de contención que invita a preguntarse qué circunstancias, visibles o no, podrían estar modelando la conducta del otro. No todo es personal. No todo está dirigido hacia nosotros. En numerosas ocasiones, las acciones ajenas no son más que la expresión de procesos internos que desconocemos.

Ahí radica la potencia del sonder.

Vivimos inmersos en la prisa. La atención se fragmenta entre lo urgente y lo pendiente, y en ese tránsito continuo, los rostros se desdibujan hasta convertirse en parte del paisaje. Sin embargo, basta un instante, una mirada sostenida, para advertir que, frente a nosotros, hay alguien que también está viviendo, sintiendo, sosteniendo.

No es una idea compleja, pero sí profundamente transformadora. Cada individuo carga con una trama invisible: pérdidas que no se nombran, logros que no se anuncian, tensiones que se ocultan bajo la apariencia cotidiana. Los gestos más simples suelen ser apenas la superficie de realidades mucho más densas.

Una escena común lo ilustra con claridad: un semáforo en rojo. Un conductor se impacienta, otro permanece en silencio, alguien revisa la hora con inquietud. Lo que se percibe son actos mínimos; lo que permanece oculto son los contextos que los originan.

Quizá el mayor problema de nuestro tiempo sea la simplificación. Observamos con rapidez y concluimos con la misma ligereza. Etiquetamos, reducimos, encasillamos. Pretendemos contener una vida entera en un instante fugaz.

Las dinámicas actuales no hacen más que reforzar esa mirada parcial. Las redes sociales exponen versiones editadas de la existencia, donde lo complejo rara vez se muestra en su totalidad. Creemos conocer al otro cuando apenas hemos visto un fragmento.

Frente a ello, el sonder propone una interrupción consciente. No exige comprenderlo todo, sino aceptar la vastedad de lo desconocido. Nos recuerda, con discreción, que no todo gira en torno a nosotros; que hay palabras que no son ataques y actitudes que no nos pertenecen.

En lo cotidiano, esta conciencia transforma la manera de vincularnos. Un conductor malhumorado puede estar atravesando un día adverso. Un colega grosero podría estar lidiando con circunstancias que escapan a nuestra mirada. Lo evidente rara vez es lo completo.

No se trata de justificar, sino de comprender antes de reaccionar. Entre la percepción y la conclusión existe un espacio que suele ignorarse, y es precisamente en ese intervalo donde se construye una convivencia más lúcida.

Este enfoque también reconfigura la relación con uno mismo. Desplazarse del centro no implica disminuirse, sino ubicarse con mayor claridad dentro de un entramado donde todos, sin excepción, sostienen sus propias cargas.

En un mundo que premia la inmediatez, detenerse a mirar con atención constituye, casi, un acto de resistencia. Escuchar sin interrumpir, responder con mesura, observar con detenimiento: gestos sencillos que, sin embargo, sostienen la calidad de lo humano.

Conviene afirmarlo sin ambigüedades: no es un ejercicio fácil. Requiere intención, práctica y, en ocasiones, renunciar a la reacción inmediata. No siempre lograremos comprender al otro, ni todo comportamiento es justificable. Tampoco se trata de excusar la grosería o la falta de respeto, sino de reconocer que detrás de cada reacción existe un proceso interno que no vemos.

Tal vez no podamos acceder a todas las historias. Pero sí podemos decidir desde dónde nos aproximamos a ellas.

Porque, en última instancia, no se trata de saberlo todo sobre los demás, sino de algo más esencial: aprender a tratarlos con la humanidad que también reclamamos para nosotros.

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