Durante décadas, la "mano dura" fue nuestra política de seguridad: ejecuciones extrajudiciales disfrazadas de "intercambios de disparos", policías convertidos en jueces y verdugos sin supervisión alguna. El resultado no fue menos delincuencia, sino más violencia y más miedo.
Desde el 2022, se trabaja para romper ese círculo con una reforma hoy dirigida por el Brigadier General colombiano (retirado) Luis Ernesto García que gerenció la transformación de la Policía Nacional de Colombia.
Al día de hoy, 8,400 agentes entrenaron con instructores certificados bajo estándares avalados por la OEA y universidades en uso proporcional de la fuerza, derechos humanos, todo verificable por el uso de cámara corporal obligatoriamente encendida —apagarla es falta grave—, y entrenamiento en artes marciales aplicadas para controlar sin matar durante resistencia al arresto.
Y ese entrenamiento ya rinde cuentas: ninguno de los agentes formados bajo el nuevo modelo ha protagonizado abusos de fuerza: los excesos que aún vemos han llegado del viejo esquema que precisamente se está desmontando con salarios subidos hasta 300 % para rangos
Inferiores que en vez de rasos ingresan ahora como agentes patrulleros. Además, se acabó el negocio de destacar policías como guardianes de negocios o residencias familiares: los jefes que lo ordenen ya no serán premiados, sino investigados hasta penalmente.
Nuestra policía lleva más de 100 años de actuación autoritaria y prácticas corruptas, y eso no se arregla en un día. Para el 2028 se habrán formado 26 mil agentes bajo la reforma. Paciencia, falta camino por recorrer.