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Pubertad y autismo: la etapa de la que casi nadie habla

La pubertad llega igual: el cuerpo cambia, las hormonas actúan y las emociones se intensifican. Sin embargo, la comprensión de lo que está ocurriendo no siempre llega al mismo ritmo

Ju Sanz
Ju Sanz
23 febrero, 2026 - 7:33 AM
6 minutos de lectura

Hay una etapa en la vida de los hijos que pone a prueba a cualquier familia: la adolescencia. Pero cuando se trata de jóvenes dentro del Trastorno del Espectro Autista (TEA), la pubertad no solo trae cambios físicos y emocionales; también expone vacíos de información, de apoyo institucional y de comprensión social.

De esto se habla poco. Y menos aún desde la experiencia de las madres que acompañan ese proceso día a día.

La pubertad llega igual: el cuerpo cambia, las hormonas actúan y las emociones se intensifican. Sin embargo, la comprensión de lo que está ocurriendo no siempre llega al mismo ritmo.

Para muchos adolescentes con autismo, el sudor, el vello, la menstruación o las erecciones pueden generar ansiedad, rechazo sensorial o confusión. Lo que en otros hogares ocurre de forma natural, aquí requiere explicación constante, apoyo visual, repetición y mucha paciencia.

Pero uno de los mayores desafíos es la educación sexual. No se trata de un tema opcional. Los jóvenes con TEA necesitan aprender, de forma clara y literal, conceptos como privacidad, límites corporales, consentimiento y conductas apropiadas en espacios públicos y privados.

La vulnerabilidad frente al abuso o la manipulación es una preocupación real, y en muchos casos, las madres asumimos solas esa responsabilidad, sin orientación suficiente ni programas especializados.

A esto se suman los cambios emocionales. La adolescencia es una tormenta hormonal para cualquier joven, pero en el autismo puede manifestarse en irritabilidad, crisis conductuales, ansiedad o aislamiento. Muchas veces no es que las emociones sean más intensas, sino que existen mayores dificultades para identificarlas y expresarlas.

El entorno social tampoco ayuda. El cuerpo crece, pero las habilidades sociales pueden avanzar a otro ritmo. La escuela empieza a exigir comportamientos “acordes a la edad”, los compañeros no siempre comprenden las diferencias y aparecen el rechazo, las burlas o la exclusión. Entonces surge el dilema permanente de las familias: cómo fomentar autonomía sin dejar de proteger.

Hay, además, un proceso del que casi no se habla: el duelo de las expectativas. La adolescencia suele asociarse con independencia, amigos, primeras salidas, proyectos. En el autismo, ese camino puede ser distinto, más lento o con otras metas. Aceptarlo no significa resignarse; significa entender que el desarrollo no es una carrera, sino un proceso.

Y en medio de todo esto, está el cansancio materno. Más supervisión, más explicaciones, más estructura, más presencia. Todo con escasas redes de apoyo y con un sistema que, en muchos casos, acompaña la infancia, pero desaparece en la adolescencia.

Sin embargo, también hay avances. Con las herramientas adecuadas, los jóvenes con autismo pueden desarrollar hábitos de autocuidado, comprender normas sociales, ganar autonomía y fortalecer su regulación emocional. El progreso existe, pero requiere tiempo, coherencia y acompañamiento.

La pubertad en el autismo no debería ser una etapa de incertidumbre para las familias. Debería existir información accesible, programas de educación sexual adaptados, orientación para padres y formación para docentes y profesionales de la salud.

Porque el verdadero reto no es que nuestros hijos sean diferentes.
El verdadero reto es que el sistema aún no está preparado para acompañarlos en su crecimiento.

Las madres hacemos lo que podemos, todos los días.
Pero la inclusión real no puede depender solo del amor y la resistencia de las familias.
Necesita políticas, educación y conciencia social.

Hablar de la pubertad en el autismo no es un tema incómodo.
Es una conversación urgente.

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