Mis apuntes del Súper Bowl

No es un asunto de derechos. Nadie discute que Bad Bunny tenga derecho a subir a un escenario, a grabar discos, a llenar estadios o a presentarse donde sea invitado. El problema no es ese. El problema es otro, más incómodo y más profundo: qué estamos aplaudiendo y por qué.

El Super Bowl no es cualquier tarima. Es – o al menos solía ser – un espacio reservado para el espectáculo con mayúsculas, para artistas que, más allá del gusto personal, representaban excelencia: dominio vocal, presencia escénica, propuesta artística, trayectoria. Era un escenario donde el show no dependía solo del impacto del momento, sino del peso real del arte.

Y entonces aparece Bad Bunny como figura central. No como fenómeno social – eso ya lo es-, sino como representación. Y ahí surge la pregunta que muchos evitan formular por miedo a parecer elitistas o desfasados: ¿esto es arte o es popularidad bien administrada?

Bad Bunny es inteligente. Tiene ingenio, olfato para el mercado y una clara capacidad para leer a su público. Sabe cómo posicionarse y cómo sostener su lugar dentro de la industria.

Pero la inteligencia no siempre se traduce en cuidado. Y ahí está el punto. Porque una cosa es romper reglas y otra muy distinta es no interesarse en dominar las herramientas básicas del oficio que se ejerce.

No canta en el sentido técnico del término. No trabaja la voz; la empuja. No interpreta; sostiene un ritmo. Y su manera de expresarse públicamente, más que una propuesta estética consciente, parece responder a una falta de exigencia consigo mismo. No es incapacidad; es desinterés por refinar. Y aun así, lo celebramos. Lo convertimos en símbolo.

¿De qué exactamente?

A esto se suma un elemento que muchos prefieren pasar por alto: el idioma. El Super Bowl se celebra en un país donde el inglés no solo es lengua oficial, sino vehículo cultural común.

Apostar por una presentación completamente en español, sin mediación, sin puente comunicativo, sin intención clara de diálogo con un público mayoritariamente angloparlante, deja una sensación de desconexión.

No por rechazo al idioma – que es el nuestro y tiene valor-, sino porque el arte también es vínculo. Cuando el mensaje no se entiende, lo que queda es la forma. El ritmo. El cuerpo. Y el contenido se diluye.

Como bien decía una compañera: es como asistir a un concierto en un idioma que no comprendes. Puedes moverte, aplaudir, sentir el sonido, pero no hay profundidad, no hay palabra que te alcance. El espectáculo ocurre, pero no te atraviesa.

Tal vez esto tenga que ver con el tiempo que vivimos. Un tiempo donde la forma pesa más que el fondo, donde la actitud se valora más que la preparación y donde el descuido se vende como autenticidad. Un tiempo donde parecer importa más que saber y donde esforzarse demasiado parece innecesario si ya se tiene fama.

Basta recordar quiénes han ocupado ese escenario para entender que no siempre fue así. Por el Super Bowl pasaron artistas como Michael Jackson, que redefinió el espectáculo y lo convirtió en un evento global; Beyoncé, que demostró disciplina, control escénico y preparación absoluta; y The Rolling Stones, que llevaron música, oficio y presencia sin artificios.

Gustaran o no, había algo incuestionable: sabían cantar, sabían estar, sabían sostener un escenario. No se trata de nostalgia. Se trata de criterio. Antes, incluso lo popular exigía nivel. Hoy, muchas veces, el nivel parece opcional.

Y lo más inquietante no es que Bad Bunny esté ahí. Es que nosotros lo pusimos. Lo consumimos, lo defendemos, lo justificamos. Llenamos estadios, reproducimos canciones, convertimos la repetición en mérito y luego fingimos sorpresa cuando eso mismo ocupa los escenarios más importantes del mundo.

Como sociedad, criticamos el vacío, pero lo premiamos. Nos quejamos de la mediocridad, pero la viralizamos. Exigimos referentes, pero aplaudimos cualquier cosa que nos entretenga un rato.

El Super Bowl, en este contexto, no fue una anomalía. Fue un espejo.

Un espejo que muestra que ya no nos incomoda la falta de arte, siempre que haya espectáculo. Que ya no exigimos profundidad, siempre que haya ritmo. Que ya no pedimos excelencia, siempre que haya fama.

Bad Bunny no es el problema. Es el síntoma.

El problema es una cultura que ha bajado la vara y luego se pregunta, con aparente sorpresa, por qué los grandes escenarios ya no se sienten tan grandes.

Tal vez no estamos celebrando artistas.

Tal vez estamos celebrando nuestra propia renuncia a exigir algo mejor.