
Investigaciones pioneras en neurociencias y grandes bases de datos han permitido que conceptos como el optimismo y la felicidad sean evaluados bajo parámetros precisos, llevando estos temas del ámbito subjetivo al terreno de la evidencia empírica
Desde hace años, el concepto engañosamente simple de felicidad ha pasado de ser considerado difuso y ligado a la filosofía a ser estudiado desde la mirada y la metodología científica.
Esto se logra con parámetros medibles como las neuroimágenes, así como enormes bases de datos sobre estudios longitudinales de varias décadas.
Quizás el más destacado en ese concepto sea uno comenzado en 1938 en Harvard (Harvard Study of Adult Development), en el que los datos obtenidos son progresivamente más concluyentes sobre la relación entre diferentes variables ligadas a la felicidad y la expectativa en tiempo y calidad de vida.
Uno de los conceptos más asociados con felicidad es el pensamiento positivo, esa cualidad que a veces nos resulta tan lejana y elusiva.
Quizás conocemos a alguien que parece encontrar a cada problema una mirada positiva a cuestiones que a la mayoría nos resultan negativas y a veces nos pueden poner en un estado mental muy difícil. Durante décadas, desde la medicina se trató a este tipo de disposición como una peculiaridad agradable de la personalidad, pero científicamente irrelevante.
Desde hace un tiempo hay un movimiento que empieza a considerarlo concreto y relevante, en particular con los aportes de las neurociencias.
Un estudio de 2001, conocido como “estudio de las monjas” (Positive Emotions in Early Life and Longevity: Findings from the Nun Study), por haber sido realizado sobre una población de 678 hermanas en conventos, población de la cual se tomaron 200 casos.
El estudio tomó los diarios personales, luego de un consentimiento por parte de cada una, y evaluó las características de sus escritos al inicio de su noviciado. El resultado fue que aquellas que habían expresado ideas positivas en sus diarios personales, vivían una media de 10 años más comparado con el resto.
El valor de este estudio que tomó un rango de 70 años, ya que fue comenzado con datos de 1930, es que la población tenía unas condiciones de vida muy similares al ser hermanas de la misma congregación, pudiéndose concentrar la predominancia de ideas positivas o negativas en ese factor.
La hipótesis actual sostiene que la felicidad y el pensamiento positivo no son estados superficiales ni pasajeros, sino factores capaces de modificar de forma profunda la arquitectura del cerebro.
La manera en que interpretamos la realidad —la perspectiva con la que miramos nuestra vida— influye directamente en la probabilidad de padecer depresión, en la expectativa de vida y en el nivel de deterioro o resiliencia cognitiva.
Diversas investigaciones recientes respaldan esta idea al mostrar que los patrones de pensamiento sostenidos pueden moldear la actividad cerebral y sus conexiones. En particular, mantener una visión negativa y repetitiva de la realidad se asocia con mayor vulnerabilidad emocional y cognitiva, mientras que enfoques más positivos o flexibles favorecen la adaptación psicológica y la salud mental.
Esta intuición no es nueva. Desde la antigüedad, tradiciones filosóficas y espirituales ya señalaban que los pensamientos influyen en la experiencia vital.
Textos budistas como el Dhammapada y reflexiones de pensadores como Marco Aurelio expresan que la mente precede a los estados emocionales y que el carácter se forma a partir de los pensamientos. Hoy, estas ideas han sido retomadas por la psicología cognitiva y respaldadas por evidencia científica.
La investigación contemporánea busca responder cómo un “simple” pensamiento puede traducirse en cambios biológicos reales. El foco está en entender de qué manera los patrones mentales influyen en procesos celulares, hormonales y neuronales, y cómo el pensamiento negativo persistente —ese “disco rayado” mental— puede tener un costo acumulativo para el cerebro y la salud en general.
Para comprender el impacto del pensamiento positivo, la neuropsiquiatría suele estudiar su opuesto: el pensamiento negativo persistente. Uno de los fenómenos más conocidos es la rumiación, es decir, cuando la mente queda atrapada en ideas negativas que se repiten constantemente sin llegar a una solución.
En psicología neurocognitiva, especialmente en investigaciones sobre deterioro cognitivo, este patrón se denomina Pensamiento Negativo Repetitivo (PNR). Se trata de una “trampa mental” compuesta por dos elementos principales: la rumiación sobre el pasado —cargada de arrepentimientos o recuerdos dolorosos— y la preocupación intensa por el futuro, percibido como amenazante o sombrío.
El problema central es que estos pensamientos no se traducen en acciones concretas que permitan resolver la situación. Al no existir una vía de salida práctica, la mente queda atrapada en un ciclo cerrado o “loop”, donde el esfuerzo mental se acumula sin producir alivio, lo que conduce a fatiga cognitiva y emocional.
Este circuito repetitivo tiene consecuencias relevantes para la salud cerebral. Diversos estudios lo vinculan con un mayor riesgo de deterioro cognitivo.
Un trabajo publicado en junio de 2025 en la revista BMC Psychiatry, que analizó a 424 adultos mayores, encontró una asociación significativa entre el pensamiento negativo repetitivo y la disminución del rendimiento cognitivo, lo que refuerza la idea de que estos patrones mentales pueden influir directamente en el envejecimiento del cerebro.
El estudio encontró una correlación estadísticamente significativa entre el pensamiento negativo repetitivo —personas que rumian de forma constante— y el deterioro cognitivo, considerado en algunos casos una antesala de la demencia.
Los investigadores sugieren que el estrés crónico generado por estos patrones mentales mantiene al cerebro expuesto a niveles elevados de cortisol y a procesos inflamatorios, lo que podría acelerar la degeneración neuronal y favorecer el desarrollo de depresión clínica.
En contraste, otras investigaciones plantean que el optimismo no solo mejora el estado de ánimo, sino que actúa como un factor protector biológico. Así, el pensamiento negativo no sería únicamente una experiencia emocional desagradable, sino un posible agente dañino para la salud, mientras que una actitud positiva podría funcionar como un “escudo” frente al deterioro físico y mental.
Esta idea se extiende incluso a la longevidad. Algunos estudios sugieren que el optimismo se asocia con una mayor expectativa de vida, lo que implica que los patrones de pensamiento podrían influir en cuánto vivimos, no solo en cómo nos sentimos.
Un estudio de gran alcance publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) siguió durante décadas a amplias cohortes de hombres y mujeres para analizar los factores asociados a vivir más allá de los 85 años.
Los resultados indicaron que las personas con mayores niveles de optimismo tenían más probabilidades de alcanzar una longevidad excepcional, reforzando la hipótesis de que la actitud mental puede tener efectos medibles sobre la salud y la supervivencia.
Los resultados del estudio fueron llamativos: incluso tras ajustar factores como tabaquismo, dieta, consumo de alcohol, nivel socioeconómico y enfermedades previas, las personas más optimistas vivían entre un 11% y un 15% más que las pesimistas y tenían entre 1,5 y 1,7 veces más probabilidades de superar los 85 años.
Esto sugiere que el optimismo no solo reduce el riesgo de depresión, sino que también mejora la respuesta al estrés. Las personas optimistas tienden a experimentar picos más breves de hormonas del estrés y a recuperarse con mayor rapidez ante situaciones adversas.
Además, suelen transformar sus pensamientos en acciones concretas. Frente a un problema de salud, por ejemplo, es más probable que adopten hábitos beneficiosos o busquen soluciones, mientras que una visión pesimista puede favorecer el fatalismo y la inacción.
No obstante, no se trata de un optimismo ingenuo o “pensamiento mágico”, sino de mantener una actitud realista y racional, basada en datos y sin perder el contacto con la realidad.
l optimismo no es una solución universal ni consiste en “forzarse a sonreír” ante situaciones graves. Pedirle a alguien que ignore un trauma, una enfermedad o una depresión clínica puede ser inútil e incluso dañino. De hecho, en el ámbito de la prevención del suicidio se reconoce que este tipo de intervenciones bien intencionadas pueden tener consecuencias negativas.
A esto se le denomina “positividad tóxica”: la presión por ocultar o suprimir emociones negativas reales detrás de una apariencia artificial de bienestar. Lejos de ayudar, reprimir sentimientos como la tristeza o la angustia aumenta el estrés fisiológico —por ejemplo, en el sistema cardiovascular— y puede provocar recaídas o empeoramientos repentinos tras aparentes mejorías.
El optimismo saludable no implica negar la realidad, sino adoptar una actitud mental en la que predomina la creencia de que es posible influir en el resultado. Las personas resilientes también sienten dolor, ira o tristeza, pero no quedan atrapadas en esos estados ni en el fatalismo.
La diferencia clave es que procesan la experiencia negativa y luego orientan su atención hacia la búsqueda de soluciones. En lugar de permanecer paralizados, atraviesan el momento difícil con la idea de que, aunque el sufrimiento sea inevitable, no tiene por qué ser permanente.
Si naturalmente no somos de aquellos que ven “el vaso medio lleno”, eso no implica que nuestro destino está marcado. Estudios genéticos sugieren que el optimismo es heredable solo en un 25%. Si se quiere ver el vaso lleno, eso nos deja un enorme 75% sobre el cual podemos tener expectativas de trabajar nuestros hábitos y nuestras decisiones conscientes.
Literalmente, se puede trabajar la mente, el cerebro, para obtener mejores respuestas, pero no es mágico, es la creación de hábitos mediante entrenamiento. Ese entrenamiento en algunos casos es conocido como Reencuadre Cognitivo (Cognitive Reframing).
Existe una frase con origen legendario, frecuentemente atribuida a la sabiduría persa sufí. La historia cuenta que un poderoso rey pidió a sus sabios que crearan un anillo que lo hiciera sentir feliz cuando estuviera triste. Los sabios le entregaron un anillo con esta inscripción: “Esto también pasará”.
El efecto fue doble: cuando estaba en la miseria, la frase le daba esperanza. Pero cuando estaba en la cima del éxito y la gloria, la frase le recordaba que debía ser humilde y valorar el presente, porque eso también era efímero.
Esa simple frase tiene un sustento neurobiológico: cuando el cerebro está en medio de una crisis o una rumiación negativa, la amígdala (el centro del miedo), al quedar detenida a ese nivel, no permite otra activación y creemos que el dolor actual será eterno.
Decirse, lograr incorporar que “esto también pasará”, es decir, salir del loop y agregarle una perspectiva temporal lineal, activa la corteza prefrontal, la parte racional del cerebro que regula las emociones.
Hoy hay una gran industria detrás de la búsqueda de la eterna juventud, la eterna felicidad; sin embargo, quizás nuestra mente no necesite más, sino menos (y mejores) pensamientos que envíen otras consignas a todo el organismo.
Todo lo que sabíamos desde hace siglos ahora es apoyado por la ciencia de manera mensurable: si bien no podemos controlar todas las circunstancias que nos suceden, la forma en que elegimos interpretar nuestro mundo es una de las medicinas más poderosas que poseemos.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista.