Las niñas no tienen marido. Punto

Existen tragedias que no se anuncian con la estridencia del plomo, el alarido o el estigma de la sangre. Llegan con sigilo, mucho antes de que el luto se vuelva noticia. Se gestan en el preciso instante en que una sociedad, dotada de una creatividad lingüística casi envidiable, decide llamar “relación” a lo que, despojado de eufemismos, no es más que un abuso sistemático.

En San Francisco, el drama ha cristalizado en una madre que hoy custodia un vacío doble: una hija en el sepulcro y otra tras los barrotes. Es necesario no llamar a engaño: el hecho de que una hermana arrebate la vida a otra es un acto de una gravedad absoluta, una fractura en el orden natural que ninguna narrativa puede – ni debe- soslayar.

El crimen es real, el dolor es lacerante y la justicia tiene allí una deuda que cobrar. Sin embargo, este desenlace fatal no es un evento aislado, sino el clímax de una tragedia que comenzó años atrás.

La revelación de la verdadera ignominia llegó con el disparo. Como un detalle tardío. Como un epílogo que la comunidad, en su infinita “prudencia”, prefirió no notar mientras el tiempo corría.

Fue a partir de este hecho luctuoso que se conoció la información que, curiosamente, no había generado alarma alguna mientras ocurría: la niña tenía trece años y, desde los once, convivía con un adulto que hoy tiene veinte.

Una convivencia que, hasta que no tiñó el suelo de rojo, parecía no merecer siquiera un murmullo de desaprobación. El disparo no solo segó una vida; funcionó como un reflector brutal sobre una zona oscura que todos aceptaban como paisaje.

Una niña de trece años – permítanme recordar esta obviedad, dado que la memoria colectiva parece sufrir de una amnesia selectiva – carece de la facultad de sostener una vida marital.

No posee la autonomía para decidir compartir su cuerpo y su destino con un adulto que ya habita plenamente la madurez. Sin embargo, en ciertos contextos, estas verdades elementales se transforman en conceptos fascinantemente debatibles.

Cuando esa vulneración es permitida, o incluso consentida por los padres, la violencia deja de ser un infortunio privado para convertirse en un logro de la indolencia colectiva.

Se celebra con esa retórica de barrio tan pragmática como cruel: “es que ya se ve grande”, “ya está hecha”, “al menos tiene quien la mantenga”. Argumentos de una eficiencia aterradora donde la infancia es un lujo prescindible.

La Ley 136-03 es clara, quizás demasiado seria para quienes confunden la supervivencia con la explotación. El consentimiento infantil frente a un adulto es una imposibilidad jurídica, por más que socialmente se le intente fabricar un disfraz de romance con notable insistencia.

No se trata solo de leyes, sino de una práctica social arraigada donde la precariedad ha convertido la renuncia a la infancia en una estrategia aceptable. Allí, crecer antes de tiempo no es un problema; es una solución logística.

Llamemos las cosas por su nombre: cuando un adulto mantiene una relación con una menor, no asistimos a una historia de amor precoz. Estamos ante una asimetría de poder cuidadosamente maquillada de elección.

La tragedia se agrava cuando ese vínculo incluye maltrato, porque entonces la niña no solo pierde la niñez, sino también la voz. Aprende que el control se tolera y que callar es parte del aprendizaje afectivo.

Lo verdaderamente alarmante no es que estas historias existan, sino que solo nos escandalicen cuando terminan en sangre. Como si el problema no fuera una niña viviendo como mujer antes de tiempo, sino el exceso final que ya no se pudo disimular.

Pero la verdad es menos cómoda:

La tragedia del asesinato es devastadora, pero ocurrió mucho antes del disparo.

Hoy, una madre carga con una pérdida irreparable y otra hija atrapada en el sistema penal. Nada de esto puede revertirse. Pero que al menos quede claro, sin romanticismos sociales: una niña no puede tener marido.

Porque cuando una sociedad se acostumbra a llamar normal a lo que vulnera la niñez, la sangre deja de ser un accidente para convertirse en una consecuencia perfectamente previsible.