
Hace unos días, hubo en Palacio una versión modificada de LA SEMANAL para hablar del monorriel de Santo Domingo. Allí, con una insistencia cercana a la necedad, logramos que el presidente Abinader autorizara a técnicos y funcionarios a ofrecer dos datos fundamentales del proyecto: cuánto costará y cuándo estará listo.
De su respuesta surgió el titular: “Monorriel costará unos 900 millones de dólares y estará lista en cuatro años”.
El almuerzo dio sus frutos, a partir de la amplia cobertura mediática que a las pocas horas recibió la información, y los tantos comentarios recibidos posteriormente en matutinos, prensa escrita y redes sociales.
Puesto a reflexionar sobre el futuro de “LA SEMANAL”, -actualmente en estado de revisión y rediseño-, digamos que los aportes de la actividad que inició en agosto del 2023 y recesó en diciembre de 2025 son muchos, y todos importantes para el fortalecimiento democrático del país, y ya me explico.
LA SEMANAL ha sido el más auténtico ejercicio de transparencia, rendición de cuentas y cercanía de un presidente hacia la prensa y la ciudadanía en toda nuestra historia democrática.
Mejorable, por supuesto; con sus excesos, es verdad. Pero nunca como ahora, un presidente había aparecido cada semana con el “pecho desnudo y descubierto” (o sea, en VIVO), frente a la prensa y la ciudadanía, pues recuerden que la actividad es transmitida a través de la plataforma de streaming YouTube, y las redes sociales.
Que en LA SEMANAL el presidente responda preguntas EN VIVO, conlleva el riesgo del error o la imprecisión en algún dato (que le ha ocurrido), pero tiene la virtud de fortalecer la confianza ciudadana y reforzar la legitimidad institucional, en un país que hace años padece el cáncer de la arrabalización institucional.
En cada edición hay un riesgo, claro. Pero así como “nacer es un dolor que la vida compensa”, que decía el Cabral, así, el fortalecimiento democrático de un país en apuros institucionales compensa todo riesgo presidencial, y eso Luis Abinader lo ha entendido.
LA SEMANAL ha sido un disruptivo, valiente e innovador aporte de Abinader a nuestra democracia en pañales, (como fue su participación en aquel debate presidencial de 2024). Ella humaniza al presidente, desmitifica el cargo, y de a poco va logrando que el primer servidor público deje de ser -como ha sido-, un Zar con chacabana, algo como un Príncipe coronado con una silla a rastro.