
La Iglesia anglicana marcó un hito histórico este miércoles con la confirmación de Sarah Mullally como nueva arzobispa de Canterbury, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar el cargo más influyente de la Iglesia de Inglaterra desde su fundación en el siglo XVI. Su designación representa un cambio profundo en una institución tradicionalmente liderada por hombres y refleja décadas de transformaciones internas en torno al rol de la mujer dentro de la vida religiosa.
Sarah Mullally, de 63 años, aporta una trayectoria poco convencional para un cargo de este nivel. Antes de ordenarse como clériga, fue enfermera oncológica, una experiencia que, según diversos analistas, ha marcado su visión pastoral centrada en el cuidado, la empatía y el acompañamiento humano. Está casada, es madre de dos hijos y ha defendido abiertamente una Iglesia más cercana a los desafíos sociales contemporáneos.

Su nombramiento se produce 32 años después de que la Iglesia de Inglaterra ordenara a sus primeras mujeres sacerdotes, un proceso que en su momento generó fuertes resistencias internas y divisiones teológicas. Desde entonces, la presencia femenina en el clero ha crecido de forma sostenida, aunque el acceso a los puestos más altos de liderazgo seguía siendo limitado.
La llegada de Mullally al arzobispado de Canterbury es vista como un gesto de apertura y modernización, no solo para la Iglesia de Inglaterra, sino para toda la Comunión Anglicana. Su liderazgo podría influir en debates clave como la igualdad de género, el papel de la Iglesia frente a los cambios culturales, la inclusión y la relación con las nuevas generaciones de creyentes.

La Iglesia anglicana se originó en el siglo XVI, durante el reinado de Enrique VIII, cuando Inglaterra rompió con la autoridad del Vaticano. Desde entonces, el anglicanismo se ha expandido globalmente y hoy cuenta con unos 100 millones de fieles distribuidos en 165 países, lo que la convierte en una de las principales ramas del cristianismo.
Más allá del simbolismo, el liderazgo de Sarah Mullally tendrá repercusiones internacionales. Como figura central del anglicanismo, su voz será influyente en asuntos éticos, sociales y políticos que afectan a comunidades religiosas en todo el mundo.
Su llegada al cargo no solo redefine el rostro del liderazgo anglicano, sino que también envía un mensaje claro: la Iglesia de Inglaterra está dispuesta a replantear estructuras históricas para responder a una realidad social en transformación.
Fuente: Actualidad.