Cuatro menores fueron sacrificados en los Andes y depositados en altares de montaña como parte del ritual inca conocido como Capac cocha, en el que eran ofrecidos como “mensajeros de los dioses”. Ahora, un equipo internacional de investigadores logró reconstruir sus últimos momentos gracias a análisis científicos modernos.
El estudio, que será publicado en Journal of Archaeological Science: Reports, utilizó tomografías computarizadas para examinar los restos hallados en el monte Ampato y en un santuario cercano a la cima del volcán Sara Sara, en el actual territorio de Perú. Los resultados aportan nueva información sobre cómo fueron sacrificados y preparados estos niños hace aproximadamente cinco siglos.
Las investigaciones revelaron que al menos uno de los menores fue sacrificado en un lugar distinto y trasladado posteriormente hasta la cima de la montaña.
Además, los análisis contradicen versiones de cronistas españoles que describían a las víctimas como físicamente perfectas. Según explicó la arqueóloga Dagmara Socha, autora principal del estudio, algunos de los niños presentaban enfermedades o lesiones al momento del sacrificio.
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Las momias corresponden a cuatro menores:
El análisis forense reveló que la niña de 10 años tenía órganos abdominales y torácicos extraídos, que fueron reemplazados con piedras y textiles antes de colocar el cuerpo en posición sentada, con las rodillas flexionadas hacia el pecho. Este procedimiento constituye la primera evidencia de una preparación deliberada para la momificación en este tipo de ritual.

En el caso del menor de 8 años, los investigadores detectaron un esófago agrandado —posible señal de enfermedad de Chagas— y cicatrices pulmonares compatibles con tuberculosis.
Estos descubrimientos aportan una mirada más compleja sobre los rituales de sacrificio en el Imperio inca. Lejos de la imagen idealizada transmitida por algunas crónicas, los estudios científicos muestran una realidad distinta, en la que los niños seleccionados para el ritual podían presentar afecciones físicas.
La combinación de tecnología médica y arqueología permite así reconstruir con mayor precisión prácticas religiosas que tuvieron lugar hace más de 500 años en las alturas de los Andes.