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Un falso manto de piedad

La fe como contenido: apuntes sobre la devoción de escaparate y la conciencia que no cierra sesión

Jenny Henríquez
Jenny Henríquez
28 mayo, 2026 - 2:46 PM
7 minutos de lectura

Existe un fenómeno que las redes sociales han perfeccionado con la eficiencia silenciosa de un algoritmo: la fe como marca personal. No hablo de quienes comparten su espiritualidad de manera espontánea, ni de comunidades que encuentran en las plataformas un espacio legítimo de encuentro. Hablo de algo más específico y más perturbador: la construcción deliberada de una identidad pública fundamentada en la devoción religiosa que no resiste el menor contacto con la realidad privada de quien la exhibe.


El feed es impecable. Versículos por la mañana. Frases sobre la gracia, la misericordia, el propósito divino. Alguna historia de superación narrada en primera persona, con Dios como coprotagonista indispensable. Todo calibrado, todo con buena luz, todo con el timing de quien sabe que la constancia en redes es también una forma de disciplina —aunque no precisamente la que predican.


El problema no es la fe. La fe, en su dimensión más honesta, es una de las pocas apuestas que le quedan al ser humano frente a su propia fragilidad. El problema es la distancia —a veces sideral— entre el personaje que se construye en pantalla y la persona que opera fuera de ella.


Cuando uno tiene la oportunidad de tratar de cerca a quien administra ese altar digital, algo cruje. No hace falta buscar contradicciones con lupa: se presentan solas. En la forma en que se habla de los otros. En las decisiones que se toman cuando no hay audiencia. En el trato que reciben quienes no tienen nada que ofrecer a cambio. Ahí, sin filtros, la narrativa espiritual colapsa sobre sí misma con una discreción que sería casi elegante si no fuera tan reveladora.


Uno se pregunta entonces, sin retórica: ¿de qué Dios hablan?


Porque el Dios que citan —al menos el que aparece en la tradición que tanto exhiben— no es el Dios de la indiferencia. No es el Dios de quien responde con brusquedad, pasa de largo o no tiene un gramo de empatía disponible cuando alguien la necesita. No es el Dios de quien no cede, no colabora, trata mal a quien le queda cerca. Y, sin embargo, ese es exactamente el comportamiento que emerge en cuanto desaparece la pantalla: la rudeza sin disculpa, la indolencia ante el otro, la negativa —o la incapacidad— de reconocer que hay gente alrededor que también existe, que también pesa, que también merece algo más que ser ignorada o atropellada de paso.


Hay una crueldad particular en esa combinación: predicar amor en público y practicar indiferencia en privado. No como desliz ocasional —eso sería humano, comprensible, incluso honesto— sino como modo de operar. Como carácter. Como lo que realmente queda cuando se apaga el contenido.
Y luego está el chisme. No la conversación informal ni el comentario sin malicia que todos hemos tenido alguna vez. Hablo del chisme con propósito: el que circula con la intención calculada de erosionar la reputación de alguien, de instalar la duda, de desacreditar. El que no se propaga por descuido sino por voluntad. El que puede, si encuentra el terreno fértil adecuado, acabar con el nombre de una persona. Eso también forma parte del repertorio. Y resulta difícil conciliarlo con cualquier tradición espiritual que se precie, porque pocas cosas están más explícitamente condenadas en los textos que tanto se citan como destruir al prójimo con la palabra.


Pero lo más desconcertante —lo que roza lo inverosímil— es el cierre. Después de la jornada completa: la rudeza, la indiferencia, el comentario que fue a donde tenía que ir para hacer el daño que tenía que hacer, la puerta cerrada en la cara de quien pedía algo. Después de todo eso, llega el sello. El remate inevitable: Dios te bendiga. Tres palabras que en otro contexto serían un gesto genuino de afecto, y que aquí funcionan como la última capa de barniz sobre una conducta que no resiste ningún análisis moral. Se necesita una arquitectura interior muy particular para que esa secuencia no produzca ningún cortocircuito. Para que la conciencia no formule ninguna pregunta en el momento de cerrar los ojos.
Cabe preguntarse cómo se duerme. Cómo descansa quien ha dedicado el día a alejarse metódicamente de todo lo que dice profesar, y lo cierra con una bendición en nombre de lo que traicionó.


No es una pregunta nueva. Tiene siglos de antecedentes teológicos, filosóficos y políticos. Lo que sí resulta novedoso es la velocidad y la escala a las que hoy puede construirse —y sostenerse— esa ficción. Las plataformas digitales han democratizado no solo la expresión sino la impostura. Han creado un ecosistema donde la coherencia entre lo dicho y lo vivido ya no es un requisito, sino apenas una opción.
Lo escribo desde un lugar que no es el del juicio fácil ni el de la superioridad moral. Soy imperfecta, cargada de contradicciones, tan mortal y tan fallida como cualquiera.

No pretendo tener las cuentas saldadas con mi propia conciencia. Pero hay una línea que, por convicción, me niego a cruzar: usar el nombre de Dios como instrumento. Emplearlo para herir, para maltratar con intención, para cubrir con un manto de piedad lo que en el fondo es agresión deliberada, y luego firmarlo como si fuera una bendición. Eso no es fe. Eso es otra cosa. Y quien lo hace, en el silencio que antecede al sueño, también lo sabe.


Al final, hay un límite que la tecnología no ha podido suprimir: la conciencia propia. Uno puede administrar su imagen con más cuidado del que dedica a ninguna otra cosa, curar cada publicación, calibrar cada mensaje, construir una narrativa lo suficientemente convincente como para que hasta el círculo cercano tenga dudas. Pero hay un registro al que no se le puede hacer gestión de contenido: el propio. Uno sabe cómo trata a quien no le puede dar nada. Sabe cuánto de lo que publica tiene raíz genuina y cuánto es arquitectura.


Al mundo quizás sí se le puede engañar durante algún tiempo. Es espacioso, el mundo, y tiene la memoria corta. Pero a uno mismo no se le engaña de manera permanente. La conciencia —esa instancia que no tiene modo de silencio ni configuración de privacidad— tiende a cobrar sus deudas tarde o temprano, con o sin audiencia.
La vitrina puede ser imponente. Pero uno siempre sabe lo que guarda en la trastienda.

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