Entre imprudencias, ira y miedo: lo que vivimos al manejar

Uno sale de su casa con lo básico en mente: llegar.

Llegar al trabajo, dejar a los niños en el colegio, cumplir el día. Uno hace su parte: sale temprano, maneja con cuidado, respeta las señales o al menos lo intenta.

Pero la calle no siempre responde igual.

No has avanzado mucho cuando aparece el primero: el que cruza el semáforo en rojo como si eso no fuera con él. Ni reduce, ni duda. Pasa y ya. Y tú, que eres la que piensa, debes respirar y detenerte. Evitar un choque.

Después viene el motorista. Porque siempre hay uno. Se mete entre los carros, te pasa pegado, te roza. A veces sientes el golpe, miras, y ya se fue. Como si nada. Como si no hubiera pasado nada. Pero rayó tu vehículo.

Y tú sigues.

Porque aquí uno aprende a seguir.

Más adelante, el tapón. A veces sin explicación clara. Otras veces con una escena repetida: un camión de basura detenido donde no debe, ocupando el paso, sin orden. Y todo el mundo adaptándose a lo que aparece.

Pero donde de verdad se siente la tensión es en las intersecciones sin semáforos funcionando. Ese momento donde nadie quiere ceder. Tú sabes que puedes pasar. El otro también lo cree. Se miran. Nadie baja la guardia. Y en cuestión de segundos ya hay un gesto, una palabra, una chispa.

Y uno se contiene.

Porque uno sabe que no todo el mundo está dispuesto a resolver hablando.
Que un simple roce, un espejo, una mica, puede convertirse en algo mucho más grande. En cuestión de nada, alguien se desmonta. Y no siempre es para dialogar.

Hemos visto casos donde sacan un bate.
Un machete.
Un cuchillo.
Y sí, también armas de fuego.
Hemos visto situaciones terminar en tragedia.

Por un roce.

Por un momento.

Por no ceder.

Entonces uno respira, mira hacia adelante y cede. Aunque tenga la razón. Porque tener la razón no garantiza nada cuando el otro está dispuesto a todo.

Y mientras tanto, los que deberían poner orden muchas veces suman al desorden.

Porque también pasa: agentes de tránsito que no regulan, sino que alteran más la situación. Que responden con prepotencia, que gritan, que provocan. Que no median, que no bajan la tensión, sino que la suben.

Y ahí uno se pregunta:
si quien está llamado a controlar no controla ni sus propias emociones, ¿qué queda para los demás?

Entonces todo recae en lo mismo: aguantar, esquivar, evitar.

Más adelante aparece otro en vía contraria. Y otra vez, te toca a ti resolver. Tirarte a la orilla, subirte casi en el contén. Cuidarte tú, cuidar el carro.

Siempre cuidarte tú.

Y así, entre una cosa y otra, llegas.

Pero no llegas igual que como saliste.

Llegas con la mente cargada, con el cuerpo en alerta, como si en lugar de manejar hubieras tenido que defenderte todo el camino. Agotada. Tensa. Frustrada.

Porque eso es lo que se ha vuelto esto: una dinámica donde el que quiere hacer lo correcto termina adaptándose al que no le importa nada.

Y eso no puede seguir siendo normal.

Aquí no se trata solo de tránsito. Se trata de convivencia. De respeto. De entender que la calle no es un lugar para imponerse, sino para coexistir.

Pero sin educación, sin control, sin autoridad que realmente oriente, lo que queda es esto: tensión constante, reacciones desmedidas y un riesgo que va creciendo.

Hay que hacer algo.

Porque no es verdad que salir a cumplir con el día tenga que sentirse como exponerse.

Y me pregunto:

¿Cuántas situaciones más tienen que salirse de control para que entendamos que esto ya dejó de ser tránsito y se está convirtiendo en peligro real?