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El silencio de los Reyes Magos

Era la emoción contenida del 5 de enero, la noche larga en la que el sueño costaba llegar porque algo extraordinario estaba por ocurrir

Jenny Henríquez
Jenny Henríquez
5 enero, 2026 - 11:25 AM
5 minutos de lectura

El Día de Reyes fue, durante mucho tiempo, una promesa silenciosa. No era solo la espera de un juguete, sino la certeza de que la ilusión existía, de que la infancia tenía un lugar sagrado donde refugiarse.

Era la emoción contenida del 5 de enero, la noche larga en la que el sueño costaba llegar porque algo extraordinario estaba por ocurrir. La magia no estaba únicamente en lo que aparecía al amanecer, sino en creer que algo bueno podía llegar.

Hoy, esa escena parece lejana. No porque los Reyes Magos hayan desaparecido, sino porque la niñez se ha ido desdibujando entre pantallas, prisas y adultos cansados. La infancia ya no espera: exige. Ya no imagina: consume. Se le adelantó el mundo sin darle tiempo a soñar.

La niñez perdida no es solo la de los niños que ya no creen en los Reyes; es también la de los adultos que dejaron de creer en el valor de la espera, del asombro y de lo sencillo. Hemos llenado los hogares de objetos, pero hemos vaciado los rituales.

  • Hay regalos, pero falta relato. Hay abundancia, pero poco misterio. Y sin misterio, la infancia se marchita.

Antes, el Día de Reyes era una lección silenciosa: no todo llega cuando se quiere, no todo se pide, no todo se compra. Era una pedagogía del deseo, de la gratitud y de la sorpresa. Hoy, muchos niños despiertan el 6 de enero con todo resuelto, pero con un corazón que ya no se maravilla.

Saben demasiado pronto cómo funciona el mundo, pero demasiado poco cómo habitarlo con ternura.

Quizás la niñez no se pierde de golpe, sino en pequeños descuidos cotidianos: cuando se sustituye el tiempo compartido por el objeto entregado, cuando se cambia la conversación por la pantalla, cuando se confunde amor con compensación. La infancia no necesita lujos; necesita presencia. No necesita exceso; necesita sentido.

El Día de Reyes todavía puede ser una oportunidad. No para volver atrás, sino para recordar. Para detenernos y preguntarnos qué tipo de infancia estamos construyendo y qué estamos enseñando sin darnos cuenta. Tal vez el mayor regalo no sea lo que aparece esa mañana, sino lo que sembramos en la memoria emocional de nuestros niños.

Porque cuando la niñez se pierde, no se pierde solo una etapa: se pierde la capacidad de creer, de confiar y de esperar. Y un país que pierde la infancia pierde también su futuro.

La pregunta no es si los Reyes llegarán.

La verdadera pregunta es si aún queda infancia suficiente para recibirlos.

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