
La verdad, ese tesoro inalienable que en la era analógica representaba honor y dignidad, ha ido diluyéndose en la información instantánea.
Recordemos una época en la que la palabra era sagrada y la veracidad de un enunciado construía puentes de confianza entre las personas. Con la llamada "nueva comunicación", sustentada por las redes sociales, esa premisa ha sido abolida, dejando "la verdad" en un terreno repleto de mentiras, rumores y manipulaciones que parecen tener más peso que los propios hechos.
Hoy, el panorama informativo se presenta como una competencia de quién lo diga o lo postee primero, en la que la búsqueda de la verdad es cada vez más difícil y menos necesaria. La velocidad con la que se difunden las noticias en plataformas digitales a menudo sustituye la reflexión, la lógica y el análisis.
Nos encontramos rodeados de noticias falsas, manipuladas que son fácilmente aceptadas y compartidas, desdoblando la realidad a nuestro alrededor. Un tuit, un post o un TikTok pueden redefinir la reputación de una persona, transformando vidas en un abrir y cerrar de ojos. Esa conversión de la opinión pública es inquietante; pero, ¿en qué momento la verdad dejó de importar?
La era digital, diseñada para democratizar el acceso a la información, ha mostrado su lado más oscuro: la proliferación del odio, los patrocinadores de bots y de estafadores. La facilidad con la que se propagan los comentarios despectivos y la desinformación ha mermado nuestra capacidad de asombro, nuestro sentido crítico.
Verificar los hechos, buscar la fuente de la información y practicar el respeto parecen convertirse en tareas absurdas e innecesarias frente al atractivo de lo escandaloso, lo dañino, aquello que nos hace sentir poderosos al evacuar frustraciones en desconocidos.
En este ecosistema, una mentira repetida incesantemente puede transformarse en una "verdad". Se tiene la impresión de que las voces que promueven la bondad, la empatía y la dignidad humana son cada vez más obsoletas, "ochentosas", grises, apagadas, en desuso e ignoradas por la comunidad digital.
Al margen de esta realidad, merece la pena invitar a la reflexión: reconstruir nuestro sentido de conexión con la verdad no es sólo una necesidad; es nuestra responsabilidad.
Volver a hacerle honor a la verdad significa empoderarnos como individuos críticos, dispuestos a cuestionar, analizar y, sobre todo, a escuchar. La valentía para contrastar las noticias, salir del torbellino de la desinformación debe ser cultivada y promovida.
Paremos de traducir la reputación en "likes" y compartidos. Valorar la verdad significa contribuir a un tejido social más sólido y saludable.
Mientras nos debatimos entre la búsqueda de la verdad y el océano de la desinformación, nos enfrentamos a un reto ineludible: formar seres humanos con una visión crítica, pero respetuosa; aún en el mundo digital, encaminados hacia un futuro donde la verdad, en su forma más pura, nuevamente sea el norte al que se le vuelva a hacer honor. Al fin y al cabo, los cimientos de una sociedad justa y digna se construyen con la verdad.