El Clásico como consuelo: A menos patria, más bandera

Mientras más humillada en reuniones de súbditos y mandados es la bandera nacional, más la sacamos a pasear en desfiles militares o en un Clásico Mundial de Béisbol (CMB).

Mientras andamos moraítos de orgullo patrio por lo que en el CMB nuestro equipo -rodeado de banderas- nos regala; también en Miami, el imperio ebrio de una decadencia que no cesa, convoca a los gobiernos latinoamericanos bajo su mando, para crear una alianza militar que, con el pretexto del narcoterrorismo (que ellos mismos y sus jueces decretan como tales), continuar asesinando patrias, saqueando solares comunes o tierras raras, regolas ajenas o canales de otros, humillando pueblos, pisando banderas.

Son gobiernos que, por vocación fascista compartida, o por sobrevivir, (como es el caso de Dominicana) están conminados a apoyar sus abusos, ahora con el pretexto del narcoterrorismo, ya dije, como antes fue el del comunismo, las armas de destrucción masiva que nunca existieron en Irak, o las armas nucleares que no posee Irán y debería tener para defenderse del régimen sionista, genocida y nazi del Israel de Netanyahu.

A más bandera, menos patria. Mientras más alta ondea la tricolor en un estadio de béisbol, más rueda la soberanía nacional por las alcantarillas del imperio, arrinconado por el David de la historia, y asustado por el cisne negro del dragón rojo que su propia ambición creó a partir de 1972, cuando el presidente Nixon visitó Pekín para reunirse con el presidente Mao y, por aprovechar la mano de obra abundante, disciplinada y barata que el régimen que sí era comunista le ofrecía, terminó convirtiendo a ese país en la gran factoría del mundo. Por eso ahora reniegan de la OMC, la libertad de comercio.

La nueva realidad geopolítica, el comportamiento alocado y fascistoide de Trump contra el mundo, han popularizado la frase de Antonio Gramsci, que ya citan hasta los demócratas conservadores del globo: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. El gobierno de Trump es un monstruo de terror anaranjado.

Si en la Cumbre de Miami entregamos la soberanía y enterramos la patria, esperemos que allá mismo, Dios (y la Magdalena que él tanto amó) nos concedan el consuelo de ganar el Clásico para, borrachos de felicidad (o simplemente borrachos), salir en caravana a celebrar la patria que no tenemos y exhibir la bandera que perdimos.