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El chisme: la rúbrica anónima de la mezquindad

Jenny Henríquez
Jenny Henríquez
31 enero, 2026 - 8:22 PM
8 minutos de lectura

Hay prácticas humanas que no ostentan nobleza alguna y, sin embargo, gozan de una longevidad admirable. El chisme es una de ellas.

El chisme no necesita firma. No porque carezca de autor, sino porque su autoría suele esconderse tras el velo de la cobardía. Es una práctica discreta, casi artesanal, que se ejerce en voz baja y se disfraza de preocupación, de comentario inocente o del clásico y tóxico: “Solo te lo digo para que sepas”.

Sin embargo, detrás de esa aparente ligereza se esconde una intención quirúrgica: sembrar discordia donde hay paz y erosionar sistemáticamente aquello que el chismoso, por incapacidad o desidia, no puede alcanzar.

La anatomía del resentimiento

El chismoso no habla porque sabe; habla porque siente. Y lo que siente rara vez es noble. En la psicología profunda, entendemos que el chisme es el mecanismo de defensa de quien se siente pequeño.

Si te ve prosperar, algo en su interior se incendia. Si compras un carro, no admira el esfuerzo detrás de la meta: le incomoda la evidencia de tu progreso. Si luces bien, no celebra la estética; la compara con su propia insatisfacción frente al espejo.

Este individuo es un proyeccionista de sus propias sombras. Como advertía Carl Jung, aquello que no resolvemos en nuestro interior termina proyectándose en el exterior como un destino inevitable.

El chismoso proyecta su carencia en la vida del otro porque no soporta que alguien encarne lo que él desea y no logra. Necesita rebajarte, aunque sea con adjetivos malintencionados, para que tu altura no le recuerde constantemente su propia estatura moral.

Desde la filosofía, Aristóteles ya trazaba una línea clara en su Ética a Nicómaco entre la crítica que busca la verdad y la maledicencia que busca la destrucción. El chisme no pretende ser veraz, pretende ser funcional. Es un alivio momentáneo, un orgasmo de poder para el impotente.

Al difamar, el chismoso siente que toma las riendas de una realidad que le es ajena. Es un consuelo pobre: no eleva al que lo practica, solo le permite la ilusión de haber arrastrado al otro a su mismo nivel de amargura.

En el contexto de nuestra sociedad, el chisme se convierte en una moneda de cambio. Se intercambia información, tergiversada, por supuesto, para comprar pertenencia en grupos que se alimentan del fracaso ajeno.

Es el "deporte nacional" de quienes tienen el cronómetro de la vida ajena, pero el reloj de la propia totalmente detenido. Si tu hijo estudia donde el suyo no pudo, el orgullo que deberías sentir se transforma, en la mente del chismoso, en una humillación privada que debe ser compensada con un rumor sobre "cómo consiguieron la beca".

El arte de la distorsión

El chismoso es un editor malintencionado de la realidad. Va y viene, lleva y trae, pregunta para comprometer y escucha para malinterpretar. Donde alguien dice “digo”, él asegura bajo juramento que se dijo “Diego”. No es un error de audición; es una elección narrativa. Su relato es una obra de ficción basada en hechos reales, donde el héroe siempre es él, el portador de la primicia, y el villano es cualquiera que se atreva a ser feliz fuera de su radar.

Incluso la "preocupación" del chismoso es una trampa. Es esa persona que te pregunta cómo estás, no porque le interese tu bienestar, sino porque está buscando el dato exacto para armar el próximo rompecabezas de su malicia. Es un vampiro de vulnerabilidades. Si confiesas una debilidad, la usará como munición; si confiesas un éxito, la usará como motivo de sospecha.

¿Qué dice esto de nuestra cultura? Vivimos en una era donde la transparencia es casi obligatoria, pero el chisme sigue siendo el rincón oscuro donde se desahoga el alma pequeña. En lugar de la confrontación honesta, esa que requiere valentía y argumentos, el chismoso prefiere la guerrilla de pasillo. Es el francotirador de la reputación que dispara desde la maleza de la ambigüedad.

Sin embargo, hay una justicia poética en todo esto. El chisme dice mucho más de quien lo cuenta que de aquel a quien se refiere. Cuando alguien me habla mal de un tercero, no me está revelando los secretos de ese tercero; me está entregando el mapa detallado de sus propios miedos, sus envidias y su soledad. El chisme es, en última instancia, una confesión involuntaria de inferioridad.

El espejo final

Llegamos así a un punto donde la honestidad se vuelve incómoda pero necesaria. El chismoso habita en un ciclo infinito de vigilancia: debe estar atento a cada paso ajeno para no quedarse sin material, descuidando así su propio crecimiento. Es un esclavo de la vida de los demás. Mientras aquel de quien se habla sigue caminando, construyendo y viviendo, el que habla se queda estancado en el mismo rincón, rumiando el éxito ajeno como si fuera veneno propio.

Y entonces, cabe preguntarnos con la seriedad que amerita el caso: Al apagarse las luces de la conversación malintencionada, cuando el susurro se detiene y solo queda el silencio de la habitación propia…

¿Quién queda más expuesto al final: aquel cuya vida es tan vibrante que genera leyendas, o aquel que solo encuentra alivio y propósito intentando apagar la luz de los demás?

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