El afecto en alquiler

Por: Jenny Henríquez

Tienes ciento cuarenta y siete notificaciones sin leer y no tienes a nadie a quien llamar.

No es un juicio. Es solo una descripción de lo que está pasando.

Vivimos en el momento de mayor conectividad de la historia humana y la soledad es ya una emergencia sanitaria declarada. Eso no es una ironía. Es el resultado exacto de un sistema que aprendió a imitar el afecto mejor de lo que nosotros aprendimos a sostenerlo.

Piénsalo un momento. ¿Cuándo fue la última vez que dejaste que alguien te incomodara de verdad? No que te molestara. Que te *confrontara*. Que dijera algo que no querías escuchar, en el momento en que menos lo esperabas, y tuvieras que quedarte ahí, sin poder cerrar la conversación.

Porque eso ya casi no pasa.

Hoy el afecto tiene botón de pausa. Tiene modo silencio. Tiene la posibilidad de no responder hasta que estés listo. Y si la conversación se pone difícil, siempre queda la otra pantalla, el otro scroll, la voz del algoritmo que sí sabe exactamente qué mostrarte para que te quedes.

Hemos construido el entorno afectivo más cómodo de la historia. Y estamos más solos que nunca.

No culpo a nadie en particular. Culpo a la arquitectura.

Las plataformas no surgieron para hacernos daño. Surgieron para darnos lo que pedíamos: atención inmediata, validación constante, presencia sin esfuerzo. El problema es que eso no es afecto. Es la *forma* del afecto sin el *peso* del afecto. Es el envase sin el contenido.

Y cuando te acostumbras al envase, el contenido empieza a parecerte demasiado.

Demasiado lento. Demasiado impredecible. Demasiado exigente.

Así es como una generación termina prefiriendo desahogarse con una inteligencia artificial antes que llamar a un amigo. No porque sea tonta. Sino porque la IA no se cansa, no juzga, no tiene un mal día. Siempre está. Siempre responde. Siempre dice algo razonable.

Y eso, que parece una solución, es en realidad el síntoma más claro del problema.

Hay una palabra que el Cambridge Dictionary incorporó hace algunos años para describir lo que le está pasando a millones de personas: *parasocial*. El vínculo emocional con alguien que no sabe que existes. El influencer que sientes que te conoce. El podcast que se siente como una conversación. La serie que extrañas cuando termina como si hubieras perdido a alguien real.

No es debilidad. Es hambre.

Hambre de presencia, de continuidad, de sentir que alguien, aunque sea una pantalla, está ahí. Y ese hambre es legítima. Lo que no es legítimo es el engaño: hacerle creer al cerebro que está nutriéndose cuando en realidad está consumiendo.

Entonces, ¿qué hacemos con todo esto?

La respuesta fácil es la que ya conoces: desconéctate, pon el teléfono boca abajo, busca conexiones reales. Consejos correctos que no cambian nada porque no atacan el problema de fondo.

El problema de fondo es que nos hemos vuelto intolerantes a la fricción humana.

A la espera. A la ambigüedad. A que alguien no responda de inmediato. A que una relación pase por un momento difícil y no desaparezca sola. Hemos perdido la musculatura emocional que se construye precisamente ahí: en el roce, en la incomodidad, en la imperfección inevitable de otro ser humano.

Y esa musculatura no se recupera con más conexiones. Se recupera eligiendo, deliberadamente, lo que cuesta.

La pregunta no es tecnológica. Nunca lo fue.

¿Qué tan dispuesto estás a ser incomodado por alguien que te importa?

Porque ahí, exactamente ahí, vive todo lo que las pantallas no pueden darte.