Duarte, Gómez, Martí o el reinado triunfal de los ingratos

El lunes, revisando redes y chats de WhatsApp, me enteré que el país había celebrado el natalicio de Juan Pablo Duarte. Y al hacerlo, y a pesar de las ofrendas cínicas y el homenaje falso, (o quizás por ello), me fue imposible no pensar en la ingratitud que acompañó siempre a quien se atrevió a soñar una patria cuando ni los sueños de patria existían.

Quizás por todo eso, no pude evitar recordar al gran apóstol de la isla hermana, Martí, que en Montecristi dijo al invicto generalísimo Máximo Gómez Báez (de la villa de Baní), que para invitarlo a luchar por la liberación de Cuba, no tenía más remuneración que ofrecerle “que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.

Aquella mañana de lunes, más de uno -engolada la voz y emocionado- afirmó que, para llamarnos dominicanos, los aquí nacidos debemos imitar a Duarte y su ejemplo, pero resulta que, para demasiados señores, borrachitos de odio y acomplejados de su negritud, el amor a esta patria solo llega hasta el Río Masacre y ahora, por mandato imperial, hasta la muralla China.

El nuevo desorden mundial que el hegemón en decadencia va imponiendo al mundo y a una América que ha sido su víctima preferida, (solo superada por Hiroshima y Nagasaki), no ha llamado la atención de nuestros patriotas de poses, postalitas y “a sigún”.

Los promotores del odio, negadores de nuestra dominicanidad tan mulata, ese día no tuvieron ni una sola palabra de condena o reproche para el Nerón anaranjado, fascista en Minneapolis y el Caribe, que mancilla pueblos y humilla continentes, como Duarte veía llover en las Atarazanas, pensando en su amada Nona, después de haber soñado con la patria soberana e independiente que no hemos podido ser.

Hoy, a esta hora exactamente, a los dominicanos solo nos queda para el pavor y la vergüenza, la cantaleta racista de algún cínico instituto marciano para la promoción del odio.

Todo ocurre, mientras Duarte, una vez más…  y como tantas otras veces, es traicionado por los suyos en este país que a veces solo parece el reinado triunfal de los ingratos.