
Recientemente participé en un retiro espiritual de servidoras y, en medio de una dinámica sobre gracias y dones, apareció una palabra para mí: longanimidad. No era una palabra familiar. Nunca la había escuchado ni formaba parte de mi vocabulario cotidiano. En ese primer momento no supe qué significaba, pero sí supe algo más importante: esa palabra no era casual.
El momento se volvió especialmente significativo cuando el charlista pidió que quienes habíamos recibido esa palabra nos pusiéramos de pie. No fue un gesto emotivo ni teatral. Fue sobrio, expectante.
Pero ahí entendí que no se trataba de una definición espiritual más, sino de una palabra dirigida, de esas que no se explican primero, sino que se reciben y luego se rumian con el tiempo.
Con los días, al buscar su significado y permitir que la experiencia del retiro decantara, la palabra comenzó a hablar. Y no lo hizo como una lección teórica, sino como una voz formativa. Dios no me estaba describiendo una virtud ideal; me estaba diciendo algo a mí, sobre mis procesos, mis ritmos y mi manera de esperar.
La longanimidad no es simplemente paciencia. Es paciencia larga, sostenida, probada por el tiempo. Es la capacidad de no desesperar cuando la espera deja de ser cómoda y se vuelve exigente. Y ahí, en ese punto preciso, sentí que Dios me hablaba con claridad: no desesperes.
No desesperes, no porque no esté pasando nada, sino porque estoy trabajando. Dios, al darme esta palabra, no ignoraba mis límites. Los conocía.
Sabía que la paciencia no es una de mis mayores virtudes, que me cuesta habitar procesos largos, que la espera prolongada suele tensar mi carácter. Y precisamente por eso, la longanimidad no llegó como reproche, sino como formación.
Dios parecía decirme: es a ti a quien estoy formando. No primero a la circunstancia, no al resultado, no al desenlace. A ti. Antes de cambiar lo externo, Dios trabaja lo interno. Antes de mover las piezas visibles, moldea la estructura que deberá sostener lo que vendrá.
La longanimidad también toca el dominio del carácter. No se trata solo de soportar lo que tarda, sino de cómo se espera. Dios me hablaba de aprender a no reaccionar desde el impulso, a no decidir desde el cansancio, a no confundir urgencia con discernimiento. Me estaba enseñando que muchas decisiones apresuradas nacen, no de claridad, sino de agotamiento.
En esta palabra también hay misericordia. Dios me invitaba a tener paciencia conmigo misma, a aceptar que la formación no ocurre de golpe, que el crecimiento no siempre es visible, que los procesos verdaderos toman tiempo. Así como Él tiene paciencia conmigo, me enseña a ejercitarla también hacia dentro y hacia fuera.
La longanimidad me habló de perseverancia silenciosa. De seguir haciendo el bien sin necesidad de resultados inmediatos. De no medir la fidelidad por la rapidez del fruto, sino por la constancia en el camino. Dios parecía decirme: no te evalúes por lo que aún no llega, sino por cómo permaneces mientras tanto.
Esta palabra también encierra una pedagogía del tiempo. Dios no trabaja con la prisa humana. Hay procesos que, si se aceleran, se dañan; y frutos que, si llegan antes de tiempo, no se sostienen. Al hablarme de longanimidad, Dios me estaba educando en su ritmo, no en el mío.
Nada de esto implica pasividad ni conformismo. La longanimidad no es callar ante lo injusto ni aceptar lo que hiere. Es aprender a actuar sin desesperar, a discernir sin precipitarse, a caminar sin romper el proceso por ansiedad.
Hoy entiendo que esta palabra no fue un concepto bonito ni una coincidencia espiritual. Fue una clave. Una forma concreta en que Dios me habló. Una manera sencilla y profunda de decirme: confía. Confía en que sé lo que hago. Confía en que el tiempo también forma parte de mi obra. Confía en que, mientras esperas, Yo sigo trabajando en ti.
Me habló en una palabra que no conocía, en un gesto sencillo, en un signo mínimo. Me dijo más de lo que yo habría podido comprender de golpe. Me habló de espera, de formación, de tiempo, de confianza. Y en ese modo tan suyo de decir sin imponerse, de guiar sin apurar, su mensaje fue claro. Fue profundo. Y fue maravilloso. Y lloré.