Hay metáforas que contienen más verdad que muchos discursos. Una de ellas dice que si pones al lobo a redactar la ley, pronto devorar ovejas dejará de ser delito. No es una frase poética: es un diagnóstico preciso de lo que ocurre cuando quienes ostentan poder carecen de la ética necesaria para ejercerlo.
Vivimos en tiempos donde las figuras públicas, políticos, celebridades, influencers, empresarios mediáticos, acumulan autoridad sin responsabilidad, voz sin prudencia y fama sin valores. La sociedad, fascinada por el ruido, termina otorgando legitimidad a quienes jamás fueron ejemplo de nada. Y cuando eso sucede, el lobo no solo entra al redil: se sienta en la mesa y firma las reglas.
La consecuencia es inevitable: lo éticamente reprobable se vuelve “normal”, lo vulgar se presenta como autenticidad, lo abusivo como liderazgo, y lo humillante como entretenimiento. La delgada línea entre autoridad y autoritarismo se borra mientras la audiencia aplaude, exigua en criterio pero abundante en entusiasmo.
El mayor problema no es que existan lobos. Siempre los habrá. El verdadero peligro es que la sociedad les entregue la pluma y permita que dicten qué es aceptable y qué no.
Cuando eso ocurre, la justicia deja de ser principio y se convierte en capricho; la autoridad deja de proteger y empieza a exhibirse; y las víctimas dejan de ser defendidas para convertirse en parte del espectáculo.
Lo inquietante es que este fenómeno ya no se limita a los ámbitos tradicionales del poder. También sucede en los espacios digitales, donde la agresión se viste de contenido y la humillación se vende como entretenimiento. La audiencia, cada vez más desensibilizada, termina confundiendo el impacto con el mérito y el ruido con la grandeza.
Entonces conviene preguntarse:
¿Quién puso al lobo a escribir?
¿Quién le dio el micrófono, la plataforma, el prestigio?
¿Quién lo sostuvo, lo defendió, lo impulsó hasta sentarlo en el pedestal?
La respuesta, por incómoda que sea, es simple: lo hacemos nosotros cada vez que premiamos el antivalor, cada vez que compartimos lo grotesco, cada vez que celebramos lo que degrada. Un ídolo no se impone. Se construye. Y se construye justamente cuando la audiencia aplaude aquello que debería repudiar.
Quizá la verdadera advertencia sea esta: no podemos esperar humanidad de quien ha hecho de la deshumanización su oficio. No podemos exigir integridad de quien solo conoce el poder como arma. No podemos sorprendernos cuando el lobo, investido de autoridad, reescribe la ley a su conveniencia.
La solución, aunque parezca sencilla, es profundamente revolucionaria: dejar de entregar la pluma. Dejar de aplaudir lo que nos destruye. Dejar de permitir que el ejemplo de nuestros jóvenes sea un manual de antivalores disfrazado de éxito.
Porque cuando el lobo escribe la ley, la oveja no solo está en desventaja: está condenada.
Y la única forma de romper ese destino es impedir que siga ocupando el escritorio.