
El primer error de muchas sociedades no radica en anhelar un cambio, sino en no saber pedirlo. Cuando una petición nace de la ligereza, del cansancio colectivo o del interés inmediato, termina volviéndose contra quien la formula.
Con demasiada frecuencia pedimos lo que nos agrada, pero no necesariamente lo que nos conviene. Y esa diferencia, aunque sutil, suele marcar el rumbo de una nación.
La primera lectura del libro de Samuel (Primer libro de Samuel 8, 4-22) expone esta realidad con una claridad incómoda. El pueblo de Israel, agotado por los fraudes, la división interna y las constantes invasiones que amenazaban su identidad, se acerca al profeta con una petición que, en apariencia, resulta legítima:
“Danos un rey que nos gobierne”. Buscaban orden, estabilidad y dirección. Nada parece reprochable a simple vista.
Sin embargo, cuando Samuel presenta esta súplica ante Dios, la respuesta revela el trasfondo real de aquella demanda: “No te están rechazando a ti; me están rechazando a mí”. El problema no era querer un rey, sino querer uno como los pueblos vecinos.
Esa comparación escondía una renuncia silenciosa a un modelo de vida sustentado en principios más altos y abría la puerta a consecuencias que Israel no supo – o no quiso- prever.
Aquella petición no condujo sino al facilismo, al libertinaje y, finalmente, a la opresión. Los reyes de esos pueblos no defendían la dignidad del pueblo ni protegían su libertad. Por el contrario, ofrecían soluciones aparentes: respuestas rápidas, promesas inmediatas, programas diseñados para encender la emoción colectiva, pero sostenidos sobre una intención perversa y una idea falseada de bienestar común.
Este relato antiguo dialoga con nuestra realidad contemporánea. Hoy también pedimos gobiernos “distintos”, supuestamente alejados de lo tradicional, y con demasiada frecuencia ese pedido nos sale caro. Nos seducen los discursos ligeros, las promesas rapiditas, diseñadas para calmar el cansancio social, aunque terminen socavando la justicia, la verdad y las bases mismas del futuro.
La lectura va aún más lejos y nos enfrenta a dos realidades profundamente incómodas para el mundo actual: la paciencia y la obediencia. Obedecer a Dios no significa ausencia de dificultades; implica atravesar procesos que incomodan, pero que forman.
Sin embargo, vivimos en una cultura que no sabe esperar, que exige respuestas instantáneas, aun cuando el remedio no sea el más adecuado.
A esto se suma una verdad difícil de admitir: hemos cosificado a Dios y lo hemos relegado a un segundo plano.
Sus mandatos nos parecen anticuados, ineficientes o poco creíbles frente a las propuestas del hombre. Preferimos programas humanos antes que principios eternos, aun cuando la historia demuestra que solo estos últimos son capaces de sostener la justicia, la honestidad y la dignidad.
No es casual que, al recorrer la Sagrada Escritura – especialmente el Antiguo Testamento-, no encontremos programas de gobierno ni sistemas políticos, pero sí una defensa firme y coherente de la justicia y la verdad. La Palabra de Dios no ofrece soluciones rápidas, pero sí caminos sólidos.
La gran pregunta, entonces, no es si necesitamos cambios, sino cómo los pedimos y desde dónde los pedimos.
¿Estamos dispuestos a esperar, obedecer y discernir, o seguiremos apostando por soluciones que exaltan emociones pasajeras, pero debilitan el futuro?