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Crónicas del zoo digital: ¿Son los Therians un refugio o un caso clínico?

Bienvenidos a la era en la que caminar erguido y pagar el alquiler se considera una carga demasiado pesada, así que la solución lógica no es ir a terapia, sino declararse un lince boreal con ansiedad social y empezar a saltar sobre los arbustos del jardín trasero

Jenny Henríquez
Jenny Henríquez
23 febrero, 2026 - 7:24 AM
9 minutos de lectura

Hubo un tiempo, no hace tanto, en que las crisis de identidad de la adolescencia eran predecibles y, dentro de todo, bastante analógicas. Uno se pintaba el pelo de colores imposibles, escuchaba música que enfurecía a los vecinos o adoptaba una postura existencialista de cafetería. Pero el 2026 nos ha traído una evolución – o involución, según se mire – mucho más pintoresca: los therians.

Bienvenidos a la era en la que caminar erguido y pagar el alquiler se considera una carga demasiado pesada, así que la solución lógica no es ir a terapia, sino declararse un lince boreal con ansiedad social y empezar a saltar sobre los arbustos del jardín trasero. Lo que antes llamaríamos simplemente "jugar a los animalitos" en el recreo de primaria, hoy se ha blindado bajo una identidad solemne que exige máscaras de fieltro, colas de pelo sintético compradas en Amazon y, por supuesto, una cámara de celular de última generación para grabar cada gruñido "instintivo" y que el algoritmo valide tu esencia salvaje.

Porque, seamos sinceros, si un lobo aúlla en el bosque y no hay nadie para darle like, ¿realmente ocurrió el despertar espiritual?

Es aquí donde los psicólogos deben estar frotándose las manos y frotándoselas fuerte, porque este fenómeno es un auténtico yacimiento de oro, una mina a cielo abierto para la salud mental contemporánea. Tenemos ante nosotros a una generación tan saturada de pantallas, tan asfixiada por las expectativas sociales y tan desconectada de la realidad tangible que prefiere habitar la psique de un cánido antes que lidiar con la frustrante y aburrida tarea de ser un humano funcional.

Ver a un adolescente haciendo quadrobics en el patio de su casa – ese arte de destrozarse las muñecas intentando galopar como un Golden Retriever-, convencido de que su "aura" es la de un depredador alfa mientras evita el contacto visual con el delivery.

No es solo un video viral de TikTok; es un caso de estudio andante sobre la disociación y la búsqueda desesperada de atención en la era del hiper-individualismo.

Es una ironía deliciosa que la tecnología más avanzada de la historia de la humanidad, fruto de milenios de razonamiento científico, se esté utilizando primordialmente para convencer al mundo de que, en realidad, somos criaturas del Pleistoceno que necesitan una conexión Wi-Fi estable para poder expresar su "yo" más primitivo.

El nivel de compromiso con la causa es, cuanto menos, digno de mención. Estos "depredadores de salón" pasan horas debatiendo en foros digitales sobre si su animal-aura es un lobo gris o un zorro rojo, como si de eso dependiera el destino de la especie.

Se habla de "shifteos", esos momentos místicos donde el individuo asegura sentir que sus extremidades animales toman el control, aunque curiosamente estos episodios de conexión salvaje suelen coincidir con una buena iluminación natural y una batería cargada en el smartphone.

El instinto animal, por lo visto, además de salvaje, es sumamente consciente de su mejor ángulo para la cámara. Pero más allá de lo cómico de ver a alguien con una cola de plástico intentando cazar moscas en su habitación, el trasfondo es un síntoma de algo que debería preocuparnos.

Estamos fabricando una realidad donde lo biológico es opcional y lo subjetivo es ley, hasta el punto de que sentirte un gato te da derecho a exigir que el mundo te trate como tal, ignorando convenientemente que los gatos de verdad no tienen que preocuparse por las notas de matemáticas ni por el cambio climático.

La theriantropía se vende como una liberación, como el regreso a una naturaleza pura y sin filtros, pero no es más que otro producto de consumo en una sociedad que premia la excentricidad por encima de la madurez. Es mucho más fácil identificarse con un lobo solitario y misterioso que enfrentarse a la realidad de ser un chico de quince años con inseguridades normales.

Al etiquetarse como "animales", estos jóvenes encuentran un refugio donde sus rarezas ya no son defectos, sino características de su especie elegida. Es el escapismo definitivo: si no encajo en el mundo de los humanos, es porque no pertenezco a él. Es una narrativa perfecta, circular y casi imposible de cuestionar sin ser acusado de "especismo" o falta de sensibilidad.

Sin embargo, mientras ellos se debaten internamente sobre si su espíritu es el de un felino o el de un cánido, los profesionales de la mente tienen material de sobra para escribir enciclopedias enteras sobre los mecanismos de defensa, la alienación y la fragmentación de la identidad en la juventud actual.

Al final del día, yo de psicología no sé nada, la verdad. No tengo un título colgado en la pared ni pretendo dar lecciones de comportamiento humano. Pero no hace falta tener un doctorado ni haber leído a Freud de arriba abajo para darse cuenta de que detrás de todo este teatro de garras de plástico, aullidos grabados en 4K y saltos coordinados hay algo mucho más profundo y, probablemente, bastante más triste. Identificarse como un animal parece ser solo el disfraz perfecto, la armadura de peluche ideal para no tener que enfrentarse cara a cara con lo que realmente significa ser una persona en el mundo de hoy.

Hay demasiada tela que cortar en esas mentes, y sospecho que lo que sobra ahí dentro son traumas no resueltos, una soledad profunda o una necesidad de afecto tan grande que solo puede expresarse a través de un gruñido.

Quizás, debajo de la máscara de lobo, solo hay alguien que tiene pánico de ser humano, y eso es algo que ni todas las colas de Amazon ni todos los seguidores de TikTok van a poder curar.

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