El dominicano sabe, quizás no tanto el extranjero, lo que significa que alguien te diga: “Yo estoy cogiendo trote”.
Coger trote es levantarse sin ganas pero con la necesidad encima y que la vida te lleve a mil por hora en un día, sin descanso, resolviendo lo que aparezca.
El día empieza antes de que amanezca y termina cuando ya ni tú sabes qué hora es.
Días donde no te da tiempo ni de pensar en ti, porque ya estás cogiendo trote desde que abres los ojos. Y el trote no siempre es físico, a veces es mental, emocional, hasta espiritual…
Uno corre para cumplir, para no fallar, para no quedarse atrás, para ir tras los compromisos, las responsabilidades… Corre por los hijos, por la renta, por no soltar los sueños aunque duelan, corre para cumplir, para no fallar, para no quedarse atrás, aunque a veces ni fuerzas tengas.
Es no tener tiempo ni pa’ enfermarte, es tener que tragarte el llanto y salir a trabajar porque no hay de otra. Es hacer malabares con el pasaje, con el sueldo, con la paciencia. Y aunque nadie lo dice en voz alta, hay miles de nosotros viviendo así, día tras día “COGIENDO TROTE”.
Cogiendo trote uno aprende a ser fuerte sin quererlo, a resolver con lo que hay, a hacer magia con lo poco. Aprendemos a sonreír aunque por dentro tengamos el alma cansada. Porque hay facturas que no esperan, hay hijos que no entienden, y hay metas que no se logran durmiendo.
Y en ese trote, uno también descubre quién es quién. Hay gente que solo aparece cuando todo está tranquilo, pero los verdaderos, los que valen, te pasan una botella de agua en plena carrera.
Cogiendo trote te vuelves sabio, te haces humilde, te haces agradecido. Aprendes a no juzgar al que va lento, porque tú también sabes lo que es correr con el corazón roto.
La vida a veces parece una carrera que nadie te preguntó si querías correr. Te despiertas, sales corriendo, coges lucha, coges tapón, coges presión… y cuando crees que tendrás un respiro, alguien más te dice: “Aguanta un poco más”.
Cogiendo trote uno aprende que la vida no siempre es justa, pero sí te forma. Que no necesitas tenerlo todo, pero por lo menos uno que te diga “pa’lante”. Porque cogiendo trote uno encuentra razones para no rendirse.
Cogiendo trote se aprende a sonreír mientras el alma carga cansancio. A resolver con lo poco, a improvisar en el caos, a llorar en silencio para no retrasar el paso. Porque a veces, cuando no hay opción de parar, solo queda avanzar, aunque sea con los zapatos rotos y el ánimo en el suelo.
Pero el que ha cogido trote desde que Dios amanece sabe algo que quien nunca ha sudado no entiende: “El carácter se forma en el fuego y que la humildad no se enseña, se vive” así que, cuando llegue la calma, los que cogieron trote serán los que más sabrán valorar y apreciar la quietud.
Así viven a diario muchos: cogiendo trote… pero con fe. Porque sabemos que el trote no es eterno. Que un día, todo el esfuerzo va a rendir fruto, y cuando llegue ese día, vamos a mirar atrás y decir: “valió la pena no rendirse”.