
Hay una verdad incómoda, pero imprescindible para entender lo que está ocurriendo en Venezuela: el poder real no ha cambiado de manos. Aunque Maduro haya caído, el chavismo armado sigue controlando la capacidad de coerción, y en transiciones duras eso es lo que pesa.
La razón corta —la que muchos no quieren oír— es esta: no se negocia primero con quien tiene la razón moral, sino con quien puede apagar o encender los incendios.
No es por afinidad ideológica ni por simpatía política. Es por utilidad inmediata. Delcy concentra tres activos clave que Estados Unidos necesita en una fase de choque:
En esta fase no se premia la legitimidad; se prioriza la capacidad de control.
Duele decirlo, pero es necesario decirlo claro. María Corina no controla armas, no controla territorio, no controla logística, ni puede garantizar que mañana no estalle la violencia. En una fase de contención del caos, eso pesa más que cualquier capital moral o electoral.
Además, hay un factor estratégico clave: para el chavismo duro, ella es una amenaza existencial. Incluirla ahora bloquearía cualquier negociación inmediata. Su presencia endurecería posiciones cuando lo que se busca es evitar una implosión.
Esto no invalida su liderazgo; lo pospone.
Edmundo González es un símbolo electoral y de consenso civil, pero no un operador de poder. No está diseñado para negociar con estructuras armadas ni para gestionar una crisis de seguridad. Sirve para después, no para apagar el incendio que hoy está activo.
Las transiciones reales no son lineales ni románticas. Siguen una lógica fría y repetida en la historia:
Fase uno: control del caos.
Se negocia con quienes tienen armas, con quienes pueden desatar violencia y con quienes saben dónde están las minas. Aquí entra Delcy Rodríguez, no por gusto, sino por necesidad.
Fase dos: reacomodo del poder.
Empiezan a entrar civiles, técnicos y actores políticamente aceptables. Aquí podría aparecer Edmundo González u otras figuras de transición.
Fase tres: legitimación.
Elecciones, narrativa democrática, representación popular. Aquí es donde María Corina Machado cobra todo su sentido político.
El gran error emocional de muchos venezolanos es creer que si cayó Maduro, entonces ya están mandando “los buenos”. No funciona así. Primero mandan los que pueden evitar que el país se queme; luego, los que pueden gobernar; y finalmente, los que pueden representar.
Esto no significa que María Corina esté fuera del juego. Significa que no es la carta para este momento. Meter elecciones o figuras de alta confrontación ahora sería como intentar votar en medio de un incendio forestal.
Si la transición avanza, María Corina no será la negociadora, pero sí puede ser la legitimadora y quien capitalice políticamente el resultado. Si llegara a ser excluida de forma permanente, entonces sí habría una alarma real.
Hoy la secuencia es clara y brutalmente honesta:
Hoy se habla con Delcy, mañana con los civiles, pasado con el país.
La historia nunca empieza donde queremos, pero siempre avanza desde la realidad que existe, no desde la que deseamos. Y esa es la Venezuela que queda después de Maduro.
Fuente: Infobae