El nombre de Brianna Genao no debería ocupar titulares ni ser el centro de una búsqueda desesperada entre matorrales y ríos. Debería estar pronunciándose en diminutivo, entre juegos, cuentos antes de dormir y risas pequeñas.
Leer las noticias sobre el caso de Brianna Genao González, la niña de tres años desaparecida en la comunidad de Barrero, municipio Imbert, es como intentar armar un rompecabezas con piezas rotas.
La investigación ha dado un giro trágico: según múltiples versiones periodísticas, un tío de la niña habría confesado que abusó sexualmente de ella y la mató, y que enterró su cuerpo, aunque afirma no recordar el lugar exacto donde lo hizo.
Como madre, hay algo en esto que no encaja completamente en la información que nos llega. No hablo solo del dolor, ese es innegable, sino del ruido entre lo que se reporta, lo que se filtra, lo que se calla y lo que aún no sabemos con certeza desde la versión oficial de las autoridades.
Sí: los medios señalan que Rafael Reyes Núñez Rosario, tío de Brianna, habría admitido haber abusado y asesinado a la niña, y que enterró su cuerpo, pero sin recordar el lugar exacto.
Sin embargo, la Policía y el Ministerio Público intentan dar con la ubicación del cuerpo.
Búsquedas se han suspendido o continuado por condiciones climáticas y complicaciones en el terreno, lo que mantiene a la familia y a la comunidad en una angustia prolongada.
Esa contradicción entre la confesión y la falta de confirmación oficial completa, junto con la ausencia aún del cuerpo, deja preguntas graves:
Cuando un caso de esta magnitud se filtra por versiones preliminares, sin una voz clara de las autoridades, el dolor se agrava y la duda se instala en la mente de todos.
Como madre, lo que más hiere no es solo la barbarie del hecho, si es cierto lo divulgado, eso ya es horror absoluto, sino la sensación de fragmentación de la verdad.
La sociedad merece saber no solo lo que dicen que ocurrió, sino lo que puede demostrarse con pruebas claras y transparencia. Las filtraciones y las versiones parciales calan hondo porque, bajo la angustia y el dolor, una madre, y cualquier ser humano, no quiere titulares: quiere verdad completa.
Además, la manera en que los medios tratan este tipo de casos, a veces con sensacionalismo y sin cuidar el proceso, puede generar más confusión que claridad. La justicia no puede ser espectáculo. La información no puede ser rumor.
Si todo lo que ha salido a la luz resulta cierto, un tío que confiesa abuso y homicidio, entonces el dolor es insoportable y la condena moral es inevitable.
Pero también debemos ser claros que, aún hoy, existen detalles que no han sido debidamente esclarecidos por las autoridades con una voz oficial única y definitiva. Y eso, en un caso de esta gravedad, también duele.
Porque como madres, no solo queremos justicia, queremos certezas. Y mientras no la tengamos, el dolor se mezcla con la duda, y eso también mata.
Que se haga justicia por Brianna, y por todos los niños que aún ríen ajenos a la oscuridad que a veces acecha.